El S. XIX, referencia del Yucatán de hoy | Ariel Avilés Marín

Las referencias históricas son de gran utilidad para entender el presente, el teatro y la música, como actividades eminentemente humanas, son un material de análisis que nos dan noticia de importantes elementos para entender la época que nos ha tocado vivir y, basados en este análisis, construir una realidad que evite redundar en los errores más graves de las épocas pasadas y con ello poder proyectar un mejor futuro.

El pueblo que desconoce su historia está condenado a repetir una y mil veces sus errores. En el ya amplio ámbito del FICMAYA, la presencia de la ESAY era pieza obligada en la participación de este año y lo hizo de forma destacada al presentar, el domingo 5 a las 12 del día, un espectáculo multidisciplinario en el teatro Daniel Ayala Pérez. Teatro, música y danza unieron su concurso para montar una serie de escenas que tuvieron por objeto ponernos al corriente de cómo se vivía en el Yucatán del último tercio del S. XIX y, además, nos da noticia de cuántas de esas costumbres y otros tantos prejuicios perviven en el Yucatán de hoy.

Libretos de Eligio Ancona y José García Montero, arropados en la música de Chan Cil y otros compositores de la misma época, conjugaron cada uno el vehículo que su arte brinda y nos dieron la reconstrucción fidedigna y objetiva de un Yucatán que, de pronto, vive una bonanza económica sin precedentes, merced del auge henequenero, con todas las consecuencias que esto implica. La “Casta Divina” se hace dueña de vidas y haciendas, impone su ley en todos los ámbitos y dicta su código de “moralidad y buenas costumbres”, con una fuerza tan grande y profunda que le da vigencia aún en nuestros días.

Como introducción al espectáculo, el Mtro. Enrique Martín Briceño dio una charla que, acertadamente, se titula: “Para no tomar el rábano por las hojas”, en cuyo discurso se plantean las advertencias de las concepciones equivocadas de ese marco histórico y aconseja lo necesario para desterrar los efectos negativos de estas mismas, nos puso en suerte la enseñanza moral que el cuadro en su conjunto pretende transmitirnos y las formas sencillas y más prácticas para logarlo; lamentablemente, nuestra realidad cotidiana nos dice que la fuerza de la costumbre sabe hacer entraña en la conciencia popular y muchas, muchas más de lo deseable, de estas prácticas negativas están vivas y vigentes y son motivo de atraso y no poca vergüenza en la sociedad de ahora, de este nuestro S. XXI.

El espectáculo da comienzo con la actuación de una orquesta compuesta por 5 violines, un contrabajo, una flauta, un pícolo, un clarinete, 3 saxofones, una trompeta, un trombón y percusiones, todos ellos bajo la atinada dirección de Arturo Guzmán. El grupo musical participó con un preludio y varios intermedios, tal y como se acostumbraba en el teatro de aquella época, y en otras partes del programa realizó efectos sonoros que eran necesarios para poner gracia a ciertos pasajes de la trama, y en otras más fue música incidental que puso el ambiente necesario, sobre todo a la fiesta del pueblo de Hunucmá. Composiciones de Cirilo Baqueiro “Chan Cil” y otros autores de esa época cubrieron el programa de la jornada. Valses, habaneras, danzonetes y jaranas formaron el ramillete musical de la puesta.

En la parte teatral, hemos de apuntar la atinada dirección de la Mtra. Xaíl Espadas, quien supo transmitir a sus actores el ambiente y las formas del teatro finisecular del XIX, poniendo en ellos las gesticulaciones, aspavientos, saltos y otras deliciosas lindezas que nos transportaron a los tiempos del “San Carlos”, el “Principal” o del “Apolo”. El vestuario de época tuvo una afortunada interpretación por parte de Maak Mayaab, nos gustó en especial su rescate de los hipiles aglobados y con un bordado de punto de cruz, sencillo y discreto, y Mayra Bustillos realizó un trabajo de peluquería muy atinado.

En el primer Paso de Comedia, hemos de destacar la actuación de Jair Zapata en el papel de Gregorio, el novio, Jair es un buen actor cuya labor ya hemos disfrutado en su puesta como actor y director en “Héctor y Aquiles”, y como director en “Muerte en Venecia”; magnífica mancuerna hace con Pablo Herrero, quien nos obsequia un Don Ciriaco con todas las de la ley que el personaje exige; fresca, natural y desparramando gracia, la actuación del joven y talentoso Joaquín de la Rosa, quien nos trajo a escena un Quirico a la medida y un destello jocoso como sereno. Dúo de féminas de la época fue el integrado por Glendy Cuevas y Guadalupe Quintal, hija y madre, lenguas sueltas, y en el caso de la novia, capaz de envolver al pretendiente si la conveniencia familiar así lo requiere.

En el Sainete Cómico, Irving Chan nos regala con un Pacheco que se sabe mover en escena, que habla con propiedad y naturalidad que hacen creíble a su personaje; le siguen en tono Nicte Ha Ku, con una Apolonia franca y abierta, natural y fresca que hace muy buena mancuerna con Miriam Chi, con una Felipa sencilla y carismática. Genaro y Chucho, señoritos descarados y atrevidos, encontraron fieles intérpretes en Zaab’di Hernández y Pako Kantún. Don Tomás y Doña Quiteria, señores de la clase alta, autoridades de la “buena” sociedad que “vienen a meter orden”, pero sin poner en el menor riesgo a sus retoños, fueron muy bien asumidos por Pablo Herrero y la propia directora Xaíl Espadas.

En “Modo de atrapar a un novio”, Don Eligio Ancona nos retrata magistralmente a la convenenciera sociedad meridana de fines del XIX, en la que “las sagradas normas de la moral” se estiran y aflojan según la conveniencia del momento y se mira la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Fustiga Don Eligio al padre que, por un matrimonio de conveniencia, es capaz de inculcar en la hija la mentira plasmada en una carta llena de falsedad, pero de gran conveniencia para los intereses familiares. Retrata con gran mordacidad la frágil facilidad con que los principios ceden a los intereses; y en una visón, propia de hombre de su época, pone en las mujeres la lengua floja y la conveniencia aguzada.

José García Moreno es un autor que exuda el conservadurismo yucateco por todos los poros. Repetidas veces, en su texto, nos pone al tanto de su manera de pensar: “Habiendo religión, orden y paz, yo sirvo al gobierno que sea”, y en relación con la clase popular piensa: “No contentos con meterlos en esas bolas que se llaman elecciones”.

Retrata, mas no descalifica, la desvergüenza de los “señoritos” de bajar al nivel de las mestizas sencillas, hasta el punto de mezclarse con ellas en las fiestas populares en sus pueblos. Los señores que “vienen a poner orden”, vienen a hacerlo en defensa de sus mimados hijos, preocupándose por lo que a ellos pueda pasarle y no a las mujeres de baja extracción. Usa como título de su sainete “El rábano por las hojas”, frase de entraña popular que alude a la forma exagerada de tomar las cosas con equivocación, y es precisamente lo que él hace, pero sin conciencia de su equívoco, pues es su clase social la que habla a través de su pluma. La conclusión más lamentable de la obra es que, aún hoy, se sigue tomando el rábano por las hojas. Parece increíble, pero aún hoy, hay gente que se corta y se asusta de ver brotar su sangre roja.

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