Tragedia en Las Vegas | Martha Andrés Román

Bill Wolfe y su esposa Robyn sonríen en la foto: tienen motivos para hacerlo. La pareja proveniente de Shippensburg, Pensilvania, celebra sus 20 años de matrimonio en el festival de música country Route 91Harvest, en Las Vegas.

Ellos se encuentran entre una multitud de 22 mil personas que en la noche del domingo 1 de octubre disfrutan de Jason Aldean y su interpretación de ‘When she says baby’, en lo que promete ser un buen cierre para el evento de tres días.

Justo en las primeras letras de la canción comienzan a escucharse las detonaciones. Fuegos artificiales, piensan algunos al principio, pero no se ven por ninguna parte; y entonces estalla el caos bajo una lluvia de balas que se prolonga por unos 10 minutos.

En medio de la confusión, Bill y Robyn se separan, y la foto tomada en el concierto se convierte en la última que tendrán juntos, pues él será una de las 58 víctimas mortales del mayor tiroteo masivo en la historia de Estados Unidos.

Las autoridades aún buscan respuestas para esa noche, en la que también resultaron heridas 489 personas cuando un hombre identificado como Stephen Paddock, de 64 años, disparó contra los participantes en el festival desde el piso 32 del hotel Mandalay Bay.

Como parte de las investigaciones las fuerzas del orden encontraron 47 armas de fuego en tres lugares vinculados con el autor del crimen, quien se suicidó tras el hecho.

Solo en la habitación del hotel la policía halló 23 artefactos de diferente tipo, entre ellos varios de largo alcance y modificados para disparar con mayor velocidad.

Desde el inicio de las pesquisas los investigadores descartaron algún vínculo con una organización terrorista internacional y calificaron al autor del crimen de tirador solitario que no dejó notas, correos electrónicos o mensajes en redes sociales para explicar sus acciones. Más allá de los motivos del crimen, la tragedia en Las Vegas reavivó el debate sobre el control de las armas de fuego en un país de 323 millones de habitantes, donde se calcula que existen más de 300 millones de artefactos de ese tipo, aunque algunas fuentes sostienen que la cifra es mucho mayor.

Varios sectores de la sociedad y miembros del partido demócrata llamaron a aumentar las restricciones para la portación de armamento; sin embargo, los republicanos rechazan hablar del tema bajo el argumento de que no es el momento apropiado, o con la justificación de que un mayor control no evitará la ocurrencia de estos hechos.

El presidente Donald Trump viajó el miércoles a Las Vegas para mostrar su respeto a las víctimas y reunirse con las autoridades y socorristas.

Preguntado en el Centro Médico Universitario de la ciudad sobre el control de armas, el mandatario respondió: ‘No vamos a hablar de eso hoy. Esto fue obra de una persona enferma y demente’.

Tal postura es también la de los conservadores en el Congreso, donde es casi imposible el progreso de una legislación sobre el tema.

Para algunos medios locales la cuestión no avanza porque quienes piden mayores restricciones de armamento suelen alzar su voz solo en momentos de tragedia, pero la poderosa Asociación Nacional del Rifle mantiene un papel dominante en la política norteamericana y despliega su cabildeo todo el tiempo.

Ante esa inacción, son los estadounidenses quienes pagan las consecuencias, pues según el diario The New York Times, desde el 12 de junio de 2016, cuando ocurrió la masacre en el club Pulse de Orlando, Florida, se registraron en el país 521 tiroteos masivos.

FUENTE: PRENSA LATINA | SEMANARIO ORBE

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