El partido del temblor | Juan Villoro

En septiembre de 1985 una población crítica rebasó las iniciativas oficiales y en forma espontánea hizo suya la ciudad. Esa soberanía repentina fue un “partido del temblor”, integrado por inconformes que más allá de las ideologías superaban a las autoridades.

Meses después, durante la inauguración del Mundial de Futbol en el Estadio Azteca, el presidente Miguel de la Madrid se llevó una colosal rechifla. Aunque el motivo de esa cita no era político sino deportivo, ciento diez mil espectadores repudiaron en forma unánime al mandatario que fue incapaz de enfrentar la tragedia y retrasó la llegada de ayuda del extranjero. Ese plebiscito anunció que el PRI no volvería a gobernar la ciudad.

Treinta y dos años después, otro terremoto devastó la ciudad. En esta ocasión el gobierno no fue omiso, pero difícilmente los chilangos reconocen su liderazgo.

No todas las réplicas de un sismo son telúricas. El puño en alto surgió como un gesto para escuchar a los que aún viven en medio de los escombros: el otro, el auténtico protagonista de lo que sucede. Esta “réplica” dio lugar a otras, de contenido social, como pedir que los partidos renuncien a los inmoderados recursos previstos para las campañas de 2018.

México tiene una de las democracias más caras del mundo. Las contiendas electorales duran demasiado e invaden todos los espacios. Son el monumental derroche de un sistema donde los partidos se financian a sí mismos sin que la ciudadanía pueda frenarlos.

En respuesta a esta petición, los profesionales de la politiquería ahora compiten por quedarse con menos dinero. Su descrédito es tan grande que han aceptado una competencia de ahorros para presumir quién se queda con menos.

La pregunta que surge de todo esto es la siguiente: ¿será posible crear una plataforma ciudadana a partir de la reacción comunitaria de septiembre? No es la primera vez que una crisis articula a personas de las más diversas procedencias. Con anterioridad, el levantamiento zapatista, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, #YoSoy132 y Ayotzinapa lograron condensar durante un tiempo los ánimos de cambio de millares de ciudadanos. ¿Puede esa actuación ser duradera?

Repudiar a los partidos establecidos no implica renunciar a la política. Influir en el orden público desde la esfera ciudadana es política. Y aún más: el futuro del país depende de extender esta idea, creando vías de participación, supervisión y fiscalización ciudadanas más eficaces.

Cada hora tiene héroes improbables. En 1985, Carlos Monsiváis recorrió las zonas de rescate y habló de “los adolescentes en pleno estreno de ciudadanía”. En 2017, otros jóvenes experimentaron el mismo rito de paso. Los prejuicios de varias generaciones veían a los millennials como autistas electrónicos abismados en sus teléfonos y sus computadoras. El 19 de septiembre descubrieron una realidad que los necesitaba y asumieron un repentino liderazgo, demostrando que no sólo estaban hiperconectados con informaciones en red, sino con las fibras sensibles del cuerpo colectivo.

¿Qué capital político representan esos jóvenes? La única candidatura en verdad independiente que ha triunfado en el país es la de Pedro Kumamoto, diputado por Zapopan, Jalisco. Su causa comenzó con el activismo de numerosos estudiantes del ITESO de Guadalajara que entendieron que luchar en la representación del mundo -las redes digitales- convoca al cambio, pero no es el cambio. Había que pasar al mundo de los hechos.

Al visitar a los vecinos de Zapopan, Kumamoto advirtió que los señores de la casa lo trataban con la simpatía que merecen los jóvenes bien intencionados pero ingenuos; en cambio, las mujeres lo recibían con empatía y aportaban los saberes de los que no han sido escuchados pero conocen la tramoya de la sociedad. Kumamoto comenzó su lucha en la universidad y la realidad virtual y, literalmente, se metió hasta la cocina.

Un tránsito similar ocurrió después del sismo. Los jóvenes de audífonos perennes descubrieron la importancia de un rotomartillo y entraron al vientre devastado de los edificios. Ellos son el nuevo “partido del temblor”, la democracia en construcción.

El paisaje herido de estos días ostenta un letrero que se repite: “Cerrado por obras”.

El país futuro merece el mensaje opuesto: “Abierto por obras”.

FUENTE: ETCÉTERA

ENLACE: http://bit.ly/2xPcFhI

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