Dios ha muerto | Paulina Villegas

No es 1882, ni 1933, es el año 2017, los nazis están de vuelta y el nihilismo también. En esta época ser racista está de moda y ser ignorante no sólo es aceptado, sino también alentado por hombres poderosos y líderes mundiales.

Así la historia.

En su obra “Los orígenes del totalitarismo” de 1951, Hannah Arendt analiza el nazismo y el estalinismo, donde no sólo delineó las condiciones totalitarias a las que el mundo había descendido, sino que además reconoció que un verdadero esfuerzo para contrarrestar la violencia exige del ser humano un sostenido compromiso intelectual.

Sesenta y seis años después de este estudio el mundo parece estar aún más sumergido en el proceso de liberación del prejuicio, de lo políticamente correcto y de la supuesta e ‘inevitable’ evolución del hombre, que ante el panorama actual está en estricta tela de juicio.

En palabras de Bryan Evans, el mundo de hoy está galvanizado por la emergencia de una política de odio y división, misma que sólo se alimenta de los miedos de aquellos seducidos con la idea del racismo.

La representación de esta seducción tomó forma hace tres semanas cuando cientos de supremacistas blancos marcharon en Charlottesville, Virginia en Estados Unidos. Éstos se encontraron con otro grupo de manifestantes que protestaban en contra del racismo.

Los disturbios se tornaron violentos y un hombre joven autoproclamado neo-nazi embistió a la muchedumbre de “anti-racistas” matando a una joven activista y dejando 34 heridos.

La legitimación de este nihilismo vino cuando el presidente Trump relativizó el incidente diciendo que la violencia había venido “de ambos bandos de la protesta”.

Días después una camioneta atropelló a una multitud en La Rambla en Barcelona, dejando 13 muertos y más de 100 heridos en lo que fue el primer ataque que se adjudica el Estado Islámico en suelo español.

Ante este contexto es necesario un nuevo código de pensamiento ético para analizar, reflexionar y combatir la violencia que parece envolverlo todo. Aunque también nos enfrentamos a otro dilema: ¿cómo hacerlo cuando esta reflexión siempre se desarrolla con el lujo y la perspectiva del tiempo?

Charlottesville ya es un hecho consumado de éste nuestro tiempo. Y también es una historia líquida que transcurre y se sigue construyendo.

En una entrevista reciente, la periodista y dramaturga Sabina Berman me dijo que tan sólo el hecho de que Trump sea presidente es suficiente para replantearnos nuestra fe en la democracia.

Concuerdo.

Nietzsche mató a Dios queriendo salvar al mundo. Para el filósofo alemán el estado democrático impide el desarrollo del potencial humano, su vocación por el bienestar, la dignidad humana, la libertad, la justicia y la protección de los más débiles.

Si bien sus ideas eran radicales y han sido criticadas por aludir precisamente a la segregación -abogaba por un sistema de castas admirando a la sociedad griega de esclavos-, el deterioro moral al que hacía referencia hoy se manifiesta en las democracias modernas y nos obliga a replantear los límites de este mismo ideal democrático.

También fue Arendt quién dijo que no se ha cumplido aún la promesa de la política, pero tal vez es tiempo de pensar que quizá sea la democracia la que ha contribuido a este fracaso.

En la película “El sentido de un final” basada en la novela de Julian Barnes, un estudiante brillante cita al historiador Patrick Lagrange -personaje ficticio de la novela- para asegurar que resulta inútil el afán por encontrar culpables en los hechos históricos, puesto que nunca sabremos exactamente qué pasó, ni por qué.

“La historia es la certeza obtenida en el punto en el que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de la documentación”, decía Lagrange…

En la misma escena, otro estudiante interviene: “la historia son las mentiras de los victoriosos”.

El profesor les increpa: “pero no olviden que ésta también son los delirios de los vencidos”.

Siendo así, ¿quiénes son los victoriosos y los vencidos en esta historia de segregación y decadencia moral?

¿Quién tendrá la última palabra? ¿Los que salen a enfrentarse con palos y pancartas denunciando y llamándole a un nazi como tal? ¿O los que provocan y recurren a la violencia arropándose en la ignorancia y en el odio?

¿O tal vez los que observaron sin hacer nada? Como aquellos mexicanos que ni se enteran y ni se inmutan de la discriminación y xenofobia a la que ya son sujetos sus paisanos que radican en territorio estadounidense, situación que no sólo ha sido incitada por el dirigente del vecino del norte, sino por la misma sociedad que lo engendró.

El juicio de la historia es hoy, aunque quizá ya sea demasiado tarde.

FUENTE: REPORTE ÍNDIGO

ENLACE: http://bit.ly/2kbTLfL

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