Blanquita, el arte del transformismo y la sátira mordaz | Ariel Avilés Marín

En el escenario de algún cabaret habanero aparece de pronto una figura cuya presencia provoca un verdadero escándalo entre los parroquianos, fuertes silbidos, gritos que se antojan improperios, burlas y mil sonoridades más acompañan la aparición a escena de Blanquita. Por el escenario se mueve una figura que recoge en sí todas las cosas más estrafalarias y hasta grotescas que la imaginación pueda poner a un personaje de la farándula. Ante los ojos del multicéfalo se planta una mujer realmente fea, cuya fealdad es resaltada por una serie de atributos en su vestir, en algunos implementos que acompañan a su empaque y un maquillaje que es un verdadero escándalo ramplón y chirriante. Cada detalle de su vestimenta lleva un mensaje implícito que tiene por objeto subrayar ciertas cualidades de su personalidad que persiguen un fin determinado: Su presencia en escena es un reto fuerte y sacudidor, un verdadero desafío a los convencionalismos, a lo conservador, a las normas moralistas y mojigatas. ¡Así, genial, es Blanquita!

Blanquita sale a escena con un vestido de encaje negro que, intencionalmente, es prácticamente transparente, o cuando menos no oculta los atributos que quiere hacer llegar al espectador; calza zapatos de una altura inimaginable, con un tacón cuya agudeza desafía las leyes del equilibrio para caminar sobre el plaquete del entarimado; en su muñeca izquierda, un reloj despertador de buró, hace las veces de un reloj de pulsera; de sus orejas penden, cual zarcillos de gran dama, un par de racimos de mamoncillos (huayas en yucateco); sus labios están pintados de fucsia escandaloso y su color sobrepasa totalmente el límite de los bembones labios naturales; unas desmesuradas pestañas de papel, de un verde eléctrico fosforescente, se despliegan de sus párpados para tocar la frente con sus volutas; al hombro lleva un curioso bolso consistente en un gran zapato de tacón alto cuya suela delantera es un poderoso imán que es capaz de recoger cuanta moneda le es arrojada al escenario; por si todo esto fuera poco, el atuendo se adorna con un par de lentes para el Sol de un tamaño desmesurado y cuyo armazón es de un color anaranjado, de esos que es imposible no mirar y que, además, hace perfecto juego y armonía con el lazo que corona su cabellera recogida sobre la coronilla.

La salida a escena de Blanquita provoca un verdadero escándalo en el cabaret, todos los asistentes parecen haberse puesto de acuerdo para gritar algo a la figura que llena el escenario con su increíble figura que desafía todas las leyes de la estética; pero el espectáculo no queda ahí, además del impacto que su sola presencia provoca en el respetable, Blanquita va desarrollando un show humorístico de alta calidad, en donde la burla es general, no deja títere con cabeza, empezando consigo misma. El show de Blanquita se va bordando con una mordaz crítica a la realidad que se vive y la rodea en lo cotidiano; en un momento dado, su afilado dardo puede direccionarse a algún asistente al show, cuya gritería haya sobrepasado el límite; la respuesta de Blanquita cae como veloz venablo sobre el atrevido que, con seguridad, queda esquilmado y guardará la distancia prudente durante el resto del espectáculo.

Hay una serie de parodias que Blanquita presenta y que son verdaderas genialidades: en primerísimo lugar habrá de mencionarse su cáustica representación de uno de los más identificados símbolos del imperialismo norteamericano: La Estatua de la Libertad, esa emblemática escultura que el pueblo francés obsequió a quien en un pasado del S. XIX, se erigiera como el paladín de la democracia en el mundo. Ver salir a Blanquita ataviada como espectacular rumbera, con un vestido que son billetes de dólares americanos cosidos y con una falda cuya abertura lateral, sube hasta la cadera; la corona de rayos de luz que se ciñe en la cabeza de la estatua, es sustituida en la parodia de Blanquita por una diadema cuyos pinchos son nada más y nada menos que cucuruchos de maní, en una burla mordaz y que desparrama ingenio, para completar el atuendo, en la mano derecha levantada, en el lugar de la antorcha que ilumina la Bahía de Manhattan, un generoso racimo de mamoncillos se agita en su mano. Durante el show, poco a poco, Blanquita se va despojando de partes del vestido, hasta quedar como una grotesca vedette que expone al imperialismo a los ojos del mundo. Como es de suponerse, el show termina en un delirante escándalo del respetable.

Digna de mencionar, también, es su parodia de un hecho histórico en el que la naturaleza misma propinó una lección a la soberbia del desmedido capitalismo; la tragedia que costó más de dos mil vidas en una travesía ultramarina, el hundimiento del Titanic. Blanquita sale a escena en una gran caja de cartón, de esas que sirven de empaque a artículos de línea blanca, simulando que ésta es el gran “paquebote” británico; ella está ataviada como una de esas encopetadas damas de la sección de primera clase, hasta con boa de plumas al cuello; al compás del tema musical de la exitosa película, la tragedia va ocurriendo en medio de los gestos de Blanquita, su desesperación por salvarse y la salva de carcajadas que las inimaginables situaciones arrancan en el público. Como es de suponer, la ovación corona el show.

Blanquita es, en la vida real, un joven artista originario de Guanabacoa, La Habana; su nombre real es Yanoly Carrero Rojas; inicia su formación teatral en el Taller de Teatro de su natal pueblo. Un maestro le encarga presentar una parodia del famosísimo show de Josefine Baker, ataviada con el famoso racimo de bananas, del que Yanoly hace una creación magistral. Ahí se descubre como transformista y empieza a desarrollar su vena artística, su ingenio, y va desarrollando, sin proponérselo, una mordacidad natural acompañada de una gracia innata. Es largo el camino para que Yanoly se asuma en Blanquita, poco a poco, su arte se va perfeccionando hasta alcanzar el nivel de profesionalismo que hoy ilumina los escenarios de los principales cabaretes de La Habana. Es también un activista de Derechos Humanos y su presencia es siempre esperada y aplaudida en Cuba, en las marchas contra la homofobia. Profesionalmente, debuta con su espectáculo en el céntrico Cabaret “Las Vegas”, y hoy en día, el anuncio de su espectáculo en la cartelera de cualquier cabaret, es una garantía de noche llena, dondequiera que se presente.

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