Cuando las almas se pierden en un laberinto de oscuridad | Ariel Avilés Marín

La mente humana es muy complicada, sus percepciones pueden llevar a las situaciones más confusas y enredadas que la imaginación pueda concebir. Las almas pueden andar por los caminos más oscuros y perderse en sus propios laberintos y volverse cautivas de las sensaciones que las encadenan a destinos de dolor y sufrimiento hasta que un impulso demoledor pone un desenlace que, no siempre, es el más idóneo, pero que libera toda la carga de rencores y dolores que atormentan. 

Una nueva creación del dramaturgo Wilbert Piña se ha estrenado este sábado 19 en el foro “Rubén Chacón”, un drama de profundidad psicológica y análisis del subconsciente de los protagonistas que nos dejan sentir el dolor en que vive cada uno y que los lleva a compartir sus mutuos dolores. En esta nueva obra, Wilbert nos muestra su profundo conocimiento del alma humana y nos presenta tres historias, diferente cada una, pero enlazadas las tres por un desenlace común que es el móvil de la obra toda.

La trama del drama es sencilla: Son tres parejas, cada una con sus historias dolorosas y lacerantes que los llevan al mismo terrible desenlace o móvil general de las historias. La primera pareja tiene un encuentro fortuito en los andenes de una estación de ferrocarriles, no se conocen de antes, sus vidas se cruzan por una casualidad y la plática intrascendente los va llevando a una empatía que se va convirtiendo en un flirteo. Él, Gerard Smith, Wilbert Piña, desparrama una personalidad de dandy conquistador, sus ademanes transmiten la seguridad que acompaña a sus acciones y sabe poner en práctica lo necesario para vencer la resistencia de la mujer sobre la que ha puesto sus ojos.

Por su parte, ella, Ana Tompson, Mary Yamá, es una mujer que irradia una delicada fragilidad, sus ademanes comunican una inseguridad a la defensa, el temor está presente en cada una de sus frases y a lo largo de la plática con su interlocutor nos va revelando la tragedia de su vida, con una violencia y un maltrato feroz que la ha lastimado anímica y físicamente. La plática de los personajes va acompañada por la emotiva música de la Sonata para violonchelo de Zoltán Kodály, que adereza el ambiente para hacerlo propicio y derivar en un diálogo que lleva ya a implicaciones sensuales, discretas en un principio, más abiertas conforme la conversación avanza. En el curso de la plática, Ana va revelando las huellas físicas del maltrato a que ha sido sometida y que han dejado profundas cicatrices en cuerpo y alma. Ana está en la estación con el objeto de abordar un tren que la lleve lejos, que la haga olvidar la tragedia que ha vivido. “¿Necesitas huir?”, le pregunta Gerard. “No huyo”, dice ella “sólo quiero irme lejos”. Ahora, entra la dulce música de la chacona para violín de Tomasso Antonio Vitali, y el cambio de ambiente que provoca va llevando el curso de la acción a un ambiente más plácido que deriva en lo sensual. A lo lejos, se oye el silbato del tren, pero la pareja se dirige a la salida; en ese momento, Ana revela su profundo secreto y el motivo de su urgente fuga.

Dolores, Betty Rosado, y Ernesto, Alfonso Espinosa, son madre e hijo, viven atrapados en una relación dolorosa y lacerante en la que materialmente, cada uno busca como herir al otro lo más profundamente posible, comparten un doloroso espacio en el que flotan rencores, chantajes, hay una miseria sórdida que es más moral que material, como corona de espinas que clava sus punzantes garfios en sus almas; sobre la mesa del comedor, está asentada una urna con las cenizas del esposo y padre y que es el nudo mayor que une y aleja al mismo tiempo a los dos personajes. Como elemento agravante de la relación, Dolores está atada de por vida a una silla de ruedas, desde la cual pretende gobernar sin conmiseración alguna la triste vida de Ernesto.

Cada asunto, cada detalle de la cotidianidad, es un motivo para arañarse, mostrarse los dientes y, si se puede, lanzar el zarpazo lo más profundamente posible. “Te fuiste sin desayunar”, reprocha Dolores; “Me tomé un café”, responde Ernesto. “El café, sólo te mantiene despierto y, a veces, es mejor no despertar”, sentencia Dolores. “Sabes que he llorado mucho, me escondo para hacerlo”, chantajea Dolores. Y surge el motivo mayor de los conflictos: “¿Qué vamos a hacer con las cenizas de papá?”. Suena la música del tango Jalousie de Gade, Ernesto juega con la silla de ruedas, como haciendo bailar a Dolores. “Un tango desde el infierno”, dice Ernesto. Dolores se lamenta: “Yo era una reina en esta casa, tu padre me amaba, hasta que quedé atada a esta silla maldita y me volví una carga que él no pudo soportar; y ahora, sigo siendo una carga para ti”.

Ernesto replica: “Pero yo siempre he estado con ustedes, yo renuncié a una vida que tenía por ustedes, y sigo aquí”. “Así fue también con él, pero el planeaba dejarme, llevarte con él, dejarme sola; y eso, yo no lo podía permitir. Él, como tú, tomaba un café todas las mañanas, un café sin azúcar, amargo, igual, exactamente igual que tú”.

Los ojos de Ernesto se abren desmesuradamente, su cuerpo es sacudido por un fuerte escalofrío, toma su mochila, la pone a su espalda y se marcha a la calle. Dolores grita: “¡Ernesto, pero vas a regresar! ¡Tienes que volver!” y desparece en su silla de ruedas en la oscuridad de la vivienda.

María, Mary Yamá, está preocupada y sola en su casa; Gabriel no contesta el celular; María ha llamado a amigos, incluso a la madre de Gabriel, nadie sabe nada de él; ya es noche y María se va desesperando. De pronto, entra Ángel, Wilbert Piña, con un pastel. “Creías que me olvidaría de tu cumpleaños”, dice con un raro entusiasmo que tiene mucho de sarcasmo. “Ángel, ¿qué haces aquí, cuando saliste?”, exclama asombrada María. “Hoy mismo, acabo de salir y dije, le llevaré a María un pastel de mantequilla, que es su favorito”, contesta Ángel con una burla y una mirada que denota una perturbación de la conducta. “Pero si te dieron quince años y no ha pasado ni la mitad”, exclama María. “Bueno, uno tiene sus trucos, buen comportamiento, méritos… en fin”, replica Ángel con cinismo.

Ángel acosa a María, la acorrala y la llena de reproches. “Gabriel, tú y yo, éramos el triángulo perfecto, en todo, hasta en el sexo, pero ustedes empezaron a traicionarme, se burlaron de mí”, reprocha con una mirada desequilibrada que le descompone el rostro. “Lo que sucedió lo planeamos los tres juntos, nos beneficiamos los tres, pero ustedes salvaron sus pellejos hundiéndome a mí”

Ángel va relatando cómo ha matado a Gabriel: “Lo hice sufrir, le disparé en la pierna, le rompí la femoral, sabía que iba a morir, pero lentamente, su vida se iba escapando con su sangre, luego fue en el brazo y finalmente en el pecho”.

“Y ahora vienes por mí”, dice María. “No, yo vengo a recuperarte, a que te vayas conmigo”, y se enfrascan en un jugueteo entre sensual y violento en el que la sonata para violín y chelo de Ravel pone el ambiente idóneo, pero en un momento dado, María se levanta con violencia, forcejean con la pistola, se hace un oscuro total y se oye una detonación, con la que termina la obra.

En esta nueva puesta, Wilbert Piña nos muestra su buena calidad de dramaturgo, sabe jugar con los elementos para mantener la tensión y sostener la fuerza de la acción, logra crear ambientes que van desde lo sensual hasta lo sórdido. Su configuración de los personajes es muy buena y reforzada por las actuaciones de la soberbia primera actriz Betty Rosado, el talento histriónico del joven Alfonso Espinosa, la exactitud de Mary Yamá y la exacta interpretación del propio Wilbert, dan nivel y solidez a la obra. Por su parte, Cesar, en el sonido, Manuel Araiza, en iluminación y utilería y David Navarro, en elementos técnicos, redondean el buen resultado de la puesta. Nuevamente, Pancho Solís y Hortensia Sánchez, ponen a disposición de los grupos independientes de teatro este invaluable espacio que es el foro “Rubén Chacón”. Mérida sigue teniendo muy buen teatro, gracias a los esfuerzos de los grupos independientes.

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