Juan García Ponce o la Inocente Perversión | Ariel Avilés Marín

Hay hombres que con sus actos marcan el rumbo de una época, señalan la ruta a seguir, iluminan el paso con su andar y van dejando huella que los hace presentes para siempre; tal es el caso de Juan García Ponce. Yucateco iconoclasta con las tradiciones de su tierra, pero que, suavemente, nos acarician desde las líneas de su obra para dar a éstas el sensible sabor de la añoranza.

García Ponce se declara feroz combatiente de las conservadoras tradiciones yucatecas; pero, desde sus obras teatrales, nos hablan suavemente al oído las nanas, las viejas tías solteras, las abuelas que guardan en viejos estantes de cedro o de caoba tradiciones añejas que huelen a maderas preciosas y, en los casos ríspidos, al fuerte y agresivo olor de bolitas de naftalina.

Juan García Ponce vivió en un eterno romper y construir, así lo testimonia su participación como representante de las letras en la “Generación de la Ruptura” o de “La Casa del Lago”, con José de la Colina, Salvador Elizondo, Inés Arredondo y Sergio Pitol, y en la plástica, con su hermano Fernando y Gabriel Ramírez Aznar.

García Ponce está en la reducida lista de yucatecos que han recibido las cuatro máximas distinciones de nuestro Estado, la Medalla “Yucatán”, la “Eligio Ancona”, la “Héctor Victoria” y el premio literario “Antonio Mediz Bolio”.
La noche del viernes 28 de abril, en el Museo de Arte Contemporáneo, MACAY, se llevó a cabo la apertura de una exposición homenaje a Juan García Ponce; al acto concurrieron importantes figuras de la plástica nacional e importantes promotores de la cultura y el arte.

A las ocho de la noche, la directora del museo, Elba García, dio la bienvenida a los presentes y fue presentando a las personalidades presentes. El Mtro. Jorge Lara Rivera asistió en representación del Ejecutivo del Estado y José Luis Martínez Semerena en representación del Alcalde; también tuvimos la oportunidad de saludar al gran curador de galerías y museos, yucateco de nacimiento y entraña, Rafael Pérez y Pérez.

El momento toral del evento lo constituyó la lectura de la carta que escribió María Luisa Herrera, secretaria personal, confidente, amiga entrañable y verdadero baúl de los recuerdos en la vida del maestro; esta epístola, pues obra literaria auténtica es la referida carta, la escribe María Luisa al morir Juan y en ella pinta de cuerpo y alma al artista, al crítico, al pensador profundo, y por encima de todo, al ser humano de calidad superior que fue García Ponce.

Nos dice María Luisa: “Al verte tendido, me vino el recuerdo de tu relato por la muerte de tu abuela: ‘Veo a Chichí muerta, la veo enorme’ y enseguida me dices: ‘Corre conejo’. Conocerte, trabajar contigo, fue la realización de un sueño”, evocó con nostalgia. Nos define el modo de operar del artista cuando nos dice: “Recordabas para escribir; y escribías para recordar”. Agrega: “A tu lado fui dichosa y una alumna constante. Aprendí a leer con otros ojos… fuimos buenos amigos”. Hace un balance de su estadía con Juan: “Me tocó la última parte de tu vida. ¡Cómo te transformabas al venir a Mérida, por la casa del puerto!”. Mostrando el interior del corazón de Juan, nos dice: “Fascinación la tuviste por muchas mujeres, pero sólo dos amores. Fuiste feliz, estoy segura. Por ti, la literatura siempre vale la pena”. Agrega: “Recuerdo vivamente el paseo por Coyoacán, lo difícil de moverte por las calles empedradas; tu dolor y tu llanto por la muerte de Juan Vicente Melo”. Concluye María Luisa: “Formas parte de mi voz, de mi mirada. ¡Gracias Juan!”.

Se desata un largo listón rojo y esto abre la entrada a la exposición. Ya en las salas, abordamos a entrañables amigos de García Ponce para recoger alguna visión sobre el maestro.

Arnaldo Coen, integrante como él de la “Generación de la Ruptura”, medita y dice: “Fue un amigo entrañable; su manera de pensar era profunda, me decía: ‘Todo en este mundo está dividido en dos partes, una visible y otra invisible; aquello visible, no es sino reflejo de lo invisible’ La pintura es material, Juan la veía etérea, universal y eterna”, concluyó.

Por su parte, José Antonio Lugo nos ilustra la personalidad de Juan citando su visión de Manuel Felgueres: “En el silencio de la creación, la voluntad de la forma, es el rumor del espíritu”; y agrega: “La inocente perversión, es el justo medio que Juan supo encontrar. Fue un maestro de la perversión inocente”.

La exposición es de una calidad muy sobresaliente. Cabe destacar dos salones, el uno, el dedicado a la obra de Gabriel Ramírez Aznar; el otro, la fiel reproducción de la exposición de 1966, en el Palacio de Bellas Artes, cuando era su director el inolvidable amigo José Luis Martínez, quien por muchos años fue presidente de la Academia Mexicana de la Lengua; en este salón están aglutinados artistas de la talla de Francisco Toledo, Rafael Coronel, Manuel Felgueres, Arnaldo Coen y lo más granado de la plástica de la ruptura.

Asistir a mirar esta exposición es llenar el alma del más profundo espíritu del arte mexicano.

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