Y estaban todos juntos | Ariel Avilés Marín

El Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México, está ofreciendo a todo el público una exposición colectiva de varias artes, de una calidad extraordinaria. En esta exposición se ha reunido la obra de todos aquellos artistas que, de una manera u otra, han aportado algo a la imagen de este importante suceso que cambió el rumbo de la historia de nuestro país. Nunca, como en esta ocasión, se había reunido la obra de gente que ha descollado en diversas disciplinas, pues están presentes, todos juntos, pintores, escultores, grabadores, fotógrafos e, incluso, promotores editoriales. Puede decirse que nadie, absolutamente nadie, se ha quedado fuera de este evento multidisciplinario.

Siete amplias salas componen esta exposición extraordinaria, siete; y están situadas en el primero y segundo pisos del Palacio de Bellas Artes, toda la obra bajo el título común de: “Pinta la Revolución”; y realmente el suceso cumple su cometido, pues después de haber recorrido y cuidadosamente mirado lo ahí expuesto se puede tener una idea clara y global de lo que fue este suceso nacional que cambió el rumbo de la historia de nuestra patria.

La lista más amplia, obviamente, la constituyen los pintores, entre los que, desde luego, se cuentan los monstruos del Nacionalismo Mexicano: José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Rufino Tamayo, Frida Kahlo, Gerardo Murillo “Dr. Atl” y Carlos Mérida. Todos ellos en colorido diálogo en los muros del octogenario recinto, denunciando en sus obras la desigualdad social, retratando la lucha armada, fustigando el fanatismo religioso, presentando una imagen colosal de un México que luchó, conquistó y fue traicionado, para echar atrás estas mismas conquistas que hoy son sólo recuerdos en colores brillantes sobres los lienzos.

Otros dioses menores acompañan a los Titanes, y entre ellos podemos contar a: Luis Arenal Bastar, Alfredo Ramos Martínez, Roberto Montenegro, Angel Zárraga, Saturnino Herrán, Xavier Guerrero, Isabel Villaseñor, Miguel Covarrubias, Alfredo Zalce, Raúl Anguiano, Antonio Ruiz “El Corcito”, María Izquierdo, Emilio Armero, Julio Castellanos, Fermín Revueltas y Juan O’Gorman. Cada uno de ellos aportó algo a ese mural inmenso y heterogéneo que fue la Revolución de 1910.

También los extranjeros que vinieron a nuestra patria y consignaron en formas y colores los sucesos tienen su lugar en este colectivo tan incluyente. Así encontramos a: Paul Strand y René d’Harnoncourt. Quienes aportaron al proceso una visión desde las perspectivas de un visitante.

Un aparte se merece la pareja formada por Manuel Rodríguez Lozano y el joven pintor Abraham Angel, quienes no sólo con su obra pictórica, sino con su vida y relación, escribieron una página de la historia de la cultura mexicana llena de dramatismo y tragedia. Aún resuenan las voces que señalan a Rodríguez como el responsable de la prematura muerte de su joven compañero; casi un adolescente.

La presencia de la escultura, está sustentada en la obra de Mardonio Magaña, quien con sus tallas de piedra, de inspiración precolombina, supo plasmar el espíritu de la revolución en este duro material.

El grabado, primordialmente el hecho sobre linóleo, tiene una presencia espectacular en este evento. Las denuncias sociales y los flagelos del pueblo, encuentran fiel reflejo en la obra de: Leopoldo Méndez, José Chávez Morado y Angel Bracho. Las escenas en blanco y negro de los grabadores, transmiten dramáticamente escenas cotidianas del pueblo mexicano, y en no pocos casos las agresiones de que fueron objeto.

Un arte relativamente nuevo y reciente en ese tiempo tiene también su espacio en la exposición; los fotógrafos dejan cuenta también de sus testimonios capturados en el instante que el diafragma abre y cierra para dejar eternizadas escenas y sucesos. En este rubro encontramos por delante a Tina Modotti, a quien acompañan dignamente: Lola y Manuel Alvarez Bravo y Henry Cartier Bresson.

Una mención aparte, merecen las obras de labor editorial que divulgaron hechos y acciones durante la conflagración.

En vitrinas apropiadas se puede admirar históricos impresos, revistas y manifiestos que marcaron una época de nuestra historia. Así, pudimos admirar las publicaciones de la Unión de Obreros de Artes Gráficas de los Talleres Comerciales de 1940 a 1942; el Manifiesto del Movimiento Estridentista, publicado en 1921, por la revista Hoja de Vanguardia y de la autoría de Manuel Maples Arce; la revista Frente a Frente, publicada por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios en enero de 1938, en la cual se consigna la labor editorial de Raimundo Mancisdor y Lola Alvarez Bravo. Verdaderas joyas del periodismo mexicano revolucionario.

Un comentario aparte, más por gusto personal que otra cosa, nos nace al contemplar el autorretrato juvenil de Frida Kahlo. En este cuadro, Frida nos presenta de ella misma, una imagen a la que no estamos acostumbrados. Una Frida de mirada serena, sin tormentos ni sufrimiento agotador; sin sus características vestimentas de entraña popular mexicana. Una Frida con elegante vestido de terciopelo atabacado. Una Frida por la que no han dejado mella, aún, los sufrimientos lacerantes que marcaron su vida y su obra.

Salimos del hermoso Palacio de Bellas Artes llevando el fuego de la Revolución Social Mexicana en la mente, en el corazón y en el alma.

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