Algunas precisiones para el cronista Gonzalo Navarrete Muñoz | Ariel Avilés Marín

En febrero de 1984, en el mágico taller de la calle 60, el del Mtro. Enrique Gottdiener Soto, “El Escultor del Pueblo Maya”, estábamos tomando café en tazas de pirata y comiendo pistaches, Alberto Cervera Espejo, Juan Duch Colell y un servidor; mientras disfrutábamos el café y la charla, “El Abuelo”, como llamábamos a Gottdiener, en su banco de trabajo daba los últimos toques a su escultura “Las Tres Comadres”; mientras las astillas de la caoba volaban por el aire, sonaron golpes en la puerta. El Abuelo, acostumbraba trabajar en calzoncillos y calzado con unas gruesas calcetas de estambre que Doña Alina Estrada, su esposa, había tejido precisamente para ese fin; y así como estaba, Gottdiener nos dijo: “Yo voy”, y se dirigió a la puerta de la calle; cuál no sería nuestra sorpresa al entrar al taller nada más y nada menos que Octavio Paz.

Gottdiener y Paz habían sido fundadores y compañeros de trabajo en la que originalmente fue Albergue Para Hijos de Trabajadores No. 5, y que posteriormente se llamaría Secundaria Federal No. 1, su primer director fue el periodista Octavio Novaro y el primer secretario del plantel fue el propio Paz; Gottdiener fue encargado de la cátedra de historia; así que, entre Gottdiener y Paz existía una amistad entrañable y una camaradería campechana.

Aquello no era una visita oficial ni nada de eso, simplemente Paz había querido ver a su amigo y fue a su taller a visitarlo.

Al entrar al taller, Paz hizo una profunda y teatral reverencia, Paz era así (teatral y ampuloso) y exclamó: “Mi querido Enrique” y se fundió con El Abuelo en un largo abrazo; acto seguido, se dirigió a la mesa donde estábamos, jaló un butaque y diciendo: “Buenas noches jóvenes”, se sentó en él, El Abuelo le sirvió café y Paz inició una larga perorata imparable, abundante, tocó los temas más diversos y no dejó hablar a nadie más. Cervera, Duch y yo, comentamos después: “Para qué hablar, si escuchar a Paz es un privilegio”.

Así como había llegado, en un instante. Paz cortó la plática y dijo: “Mi querido Enrique, ya me tengo que ir; buenas noches jóvenes” y diciendo y haciendo, se dirigió a la puerta de la calle y se fue. Gottdiener, regresó a la sala de trabajo y nos dijo: “Es un pesado insoportable” y siguió tallando su escultura.

En mi imaginación, la teatral reverencia y el ampuloso saludo de Paz, me hicieron pensar en Octavio ataviado para la ocasión con una gran capa y un sombrero de ala ancha, con plumas, que harían conjunto ideal con la reverencia de Paz al saludar al Abuelo en su llegada. Nunca he dicho, ni diré, que: “Paz llevaba una gran capa y un sombrero con veinticinco plumas”, como ramplonamente me adjudica el cronista en su portal de Facebook; lo aclaré en su momento, lo vuelvo a aclarar ahora. Pero el señor cronista insiste y cada vez que puede vuelve a publicar su calumniosa nota falseada y además, cosa muy descalificable, involucra en ella a algo para mi sagrado: La Escuela Modelo, que nada tiene que ver en el asunto.

En la Mesa de Reflexión por el centenario del natalicio de Paz, la Dra. Sara Poot tuvo la amabilidad de invitarme para ser el moderador y conté esta anécdota, así textual como hoy la repito; y desde ese momento, el Sr. cronista ha insistido en su deformada visión; supongo que no atendió a mis palabras y sólo captó una parte de ellas, la que le convino para sus deformados fines.

Lo invito a dejar de hacerlo, pues sólo desprestigia su portal “Mérida, la de Yucatán”, portal que ha dado cabida a algunos asuntos que atienden a intereses que no son precisamente los de la ciudad, como correspondería a su encargo de cronista de la misma. Como calificar a los cinco médicos especialistas de tal o cual postgrado, en la que se incluye a quienes patrocinaron la nota, como los mejores de la ciudad; o inventar una traición de Felipe Carrillo Puerto a sus ideales en aras del amor de Alma Reed, además tratando de exculpar a los hacendados responsables del crimen, como ya demostró contundentemente el Profr. Antonio Betancourt, con nombres y apellidos; o bien satisfacer la soberbia de las familias de la oligarquía yucateca que siguen practicando una ridícula hispanolatría e incluir en las poseedoras de “Hidalguía”, (24 según el cronista) cuando hay muchas más, pero que no patrocinaron la publicación aduladora.

Amablemente, invito al cronista a dedicarse de lleno a la que debe ser su misión, sin discusión alguna: Consignar y dejar sentados hechos de interés común para los habitantes de la “Blanca Mérida”, llamada así desde la correspondencia de Claude Josef Desiré Charnay y no por otras causas. Cuando lleva a cabo su labor de cronista, lo hace muy bien, nadie le niega el mérito; no debe distraer su pluma en cosas baladíes y que ningún beneficio aportan a su labor.

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