Bulgákov el diablo sobre Moscú | Higinio Polo

El maestro y Margarita es, sin duda, una de las grandes novelas del siglo XX. Divertida, vertiginosa, cáustica… una verdadera joya, que sitúa a Bulgákpv entre los grandes escritores rusos –y no rusos– de todos los tiempos.

En el número 10 de la Bolshaya Sadovaya ulitsa, de Moscú, se encuentra un pequeño pasadizo, que atraviesa el edificio, y que ostenta un rótulo colgante con el número 302 bis. Al decir de los intérpretes del oscuro universo de Mijaíl Bulgákov, esa cifra salió de considerar 10 = (3+2)x2, donde el signo más se convierte en un cero, porque el escritor cambió el número y le puso 302 bis en El maestro y Margarita. Tras esa placa, se abre un patio donde se encuentra el apartamento en que vivió Bulgákov con su primera esposa, Tatiana Nikoláievna Lappa, casi escondido en el cuarto piso del número 50, que convirtió en la casa del desgraciado Mijaíl Aleksándrovich Berlioz, presidente de Massolit, la asociación que el escritor urdió para invocar el universo literario moscovita. Lejos de allí, en el número 9 del pereulok Mansurovskiy, está la casa de madera donde Bulgákov hace vivir al Maestro, ese personaje con tantos puntos en común con él. Bulgákov vivió en otros muchos lugares también, como en el 35 de Bolshaya Pirogovskaya ulitsa, pero es este lugar donde el canon de sus lectores persigue sus secretos.

Antes de llegar, los curiosos pueden ver un café llamado 302 bis, y después entrar en un pequeño museo, situado en la planta baja del callejón, que ha sido decorado a la manera de los años treinta del siglo pasado, como si fuera un modesto remedo del restaurante Griboyédov donde disfrutaban los escritores de Massolit: al nombrarlo, sin duda, Bulgákov pensó también en el desgraciado destino del diplomático que fue asesinado y arrastrado por las calles en Teherán. Tomó como modelo el restaurante del número 25 del bulevar Tverskoy, donde se halla el palacete de dos plantas del Instituto de Literatura Máximo Gorki (que se encuentra pegado al Teatro Pushkin) y donde trabaja Marietta Chudakova, la especialista en literatura soviética y presidenta de la Fundación Bulgákov, que reconstruyó el manuscrito de El Maestro y Margarita que fue arrojado al fuego por el escritor.

En el pequeño museo, el suelo es de madera vieja, que cruje al paso, y, aquí y allá, se encuentra un piano, vetustas máquinas de escribir y teléfonos negros, vitrinas llenas de libros, figuritas, candelabros y palmatorias, documentos y fotografías que se exponen al lado de un bar con mesitas redondas y sillas forradas de rojo, como si fueran los restos de un teatro abandonado o de un naufragio. Con la radio lanzando acentos eslavos, todo quiere capturar el perfume de otra época, de aquellos años treinta en que Bulgákov se demoraba en este mismo lugar, aunque no deje de ser un empeño inútil. Cuentan los empleados que, aquí mismo, hubo un café donde Esenin conoció a su futura esposa, Isadora Duncan.

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Para subir al apartamento de Bulgákov hay que llamar en los telefonillos del número 50, bajo la marquesina negra, y esperar que se abra una pesada puerta de hierro donde están fijadas las chapas de la casa del escritor, de una notaría y de un gimnasio, que cierra una escalera llena de graffitis, recuerdos, gatos negros y alusiones al escritor y a sus personajes en El maestro y Margarita, hechos por sus seguidores como si fueran recuerdos o el codicilo del anónimo autor. Arriba, en el cuarto piso, sorprende una habitación con maletas encima de los armarios. Las puertas están cepilladas, sin pintura, como si estuvieran sin terminar, en un recinto agobiado por las sombras de Voland, el personajes de El maestro y Margarita. Por doquier se ve una acumulación de objetos, igual que en un anticuario pobre, aquí una tetera, allá un acordeón, más allá dos máquinas de escribir sobre una mesa de tapete verde llena de viejos periódicos, libros abiertos, tinteros y cajas colgadas en la pared, como si fueran piezas esperando la tramoya. Una sala de estar, con un diván, un piano y una mesa camilla, y, al lado, una sala blanca, con objetos disparatados, mezclados al azar, como en su novela: un disco de la empresa estatal soviética Melodía, unas imágenes de fotomatón, unas hornacinas tapadas con cristal, que guardan fotografías; una vía de tren de juguete, un tirachinas, una máquina de coser. En otra sala, con butacas azules, armarios, una radio, un armario de luna, un piano. Un raro museo que encierra el alma de Bulgákov, ahora que podemos hurgar en su vida porque, además del trabajo de sus biógrafos, disponemos desde hace una década de la correspondencia del escritor, traducida al castellano.

Algunos de los vecinos que vivieron en esta casa sirvieron como modelos para personajes de El Maestro y Margarita. Hoy llegan grupos de admiradores de Satán, locos marginales y dementes fantasiosos, devotos de la novela, jóvenes sensibles, extranjeros perdidos, rusos solitarios que crecieron entre el desorden capitalista y la rapiña de los años de Yeltsin. Desde aquí, salen ahora con frecuencia grupos de admiradores que se animan a representar en la calle escenas de El Maestro y Margarita, que corren por los bulevares, llegando hasta los Estanques del Patriarca, mirando la luna, lanzando solos de clarinete, gritando en las esquinas, como si esperasen al gato, ese enorme mizo “negro como el hollín o como un grajo”, que llevaba un bigote de “militar de caballería”, y que tenía comportamiento humano, capaz hasta de enviar telegramas; un gato que aparece también dibujado en la escalera que sube al apartamento de Bulgákov, y que, a veces, aparece por sorpresa pintado en la pared medianera de un edificio moscovita.

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Bulgákov nació en Kiev, en 1891, y estudió medicina en su ciudad. Trabajó como médico en Smolensk, tras la gran guerra, y, después, en el Cáucaso, donde colaboró con los contrarrevolucionarios blancos durante la guerra civil impuesta por las grandes potencias capitalistas a la Rusia sovietista. Tras la revolución y la gran guerra, vuelve a Kiev, a finales de febrero de 1918, pocos días antes de que el ejército alemán ocupe la ciudad, donde, el 29 de abril, un golpe de estado apoyado por los alemanes entrega el poder a Pavló Skoropadski (en el llamado Hetmanato, un gobierno impuesto por el ejército alemán con el propósito de convertir a Ucrania en un protectorado). En diciembre de ese año, las tropas nacionalistas contrarrevolucionarias del directorio entran en Kiev y acaban con el gobierno del general Skoropadski, que huye para refugiarse en Berlín. Simón Petliura se convierte en el jefe militar del directorio, que protagoniza numerosas matanzas y pogromos en venganza por el sostén de las poblaciones judías al gobierno bolchevique de Moscú. Petliura se aliará con el polaco Piłsudski para luchar contra los bolcheviques, aunque la reacción del Ejército Rojo acabó con la derrota de las tropas nacionalistas en mayo de 1920. Es tras la guerra con Polonia, que llega hasta marzo de 1921, cuando se firma la paz de Riga con el gobierno polaco, y cuando las tropas bolcheviques pasan a controlar todo el territorio ucraniano. Bulgákov, entonces un joven de treinta años, intervino en las luchas entre las fracciones nacionalistas que pretendían la independencia de Ucrania, y que luchaban entre sí y contra las tropas bolcheviques; trabaja como médico militar en el ejército nacionalista, pero desertó, en febrero de 1919, cuando los bolcheviques liberaron Kiev, aunque posteriormente volverían a perder la ciudad, que no recuperarían hasta la derrota definitiva de las tropas contrarrevolucionarias.

Tras la confusión de los choques militares durante el verano, a principios de noviembre de 1919, Bulgákov se encuentra en el Cáucaso, y empieza a trabajar en un hospital militar. No duró mucho. Tras unas semanas, abandona ese trabajo y empieza a colaborar en periódicos de la región. Hacia 1920, Bulgákov había decidido ya dedicarse a la literatura, y empieza a publicar ese mismo año. En octubre, estrena Los días de los Turbin, y, en marzo de 1921, La Comuna de París, ambas en Vladikavkaz, Osetia, ya bajo el poder soviético. Su colaboracionismo con los blancos no impidió que, en 1921, su obra dedicada a la Comuna recibiese buena acogida y se estrenase en Moscú. En septiembre de ese año, se traslada a Moscú, donde empieza a publicar con diferentes seudónimos y, en 1923, ingresa en la Unión de escritores soviéticos, y publica algunas parodias sobre la GPU firmando con seudónimos. En ese momento, los poetas Maiakovski y Esenin, y autores como Bábel, Bely o Zamiatin, además de la figura paternal de Gorki, acaparan la atención de todos, y Bulgákov recibe la influencia de grupos como los Hermanos Serapios (Serapiónovi bratia), seguidores de Hoffmann. La vida es difícil, el país está destruido tras la gran guerra, la intervención extranjera y la guerra civil.

Coherente con su vieja identidad con el bando contrarrevolucionario durante la guerra civil, Bulgákov siempre mantuvo reticencias contra el socialismo, aunque intentó integrarse en la nueva situación revolucionaria (acude, por ejemplo, a honrar a Lenin, tras su muerte, a la sala de columnas de los sindicatos). Sigue publicando con regularidad, supervisa ensayos, participa en disputas teatrales, asiste a los estrenos, firma contratos, incluso trabaja como actor en los preparativos para Los papeles del club Pickwick. En 1924, publica Los huevos fatales, una sátira contra la burocracia, donde gigantescos reptiles se apoderan del territorio soviético. Ese año se separa de Tatiana Nikoláievna Lappa, con quien se había casado en 1913, y se casa con Liubov Belozérskaya, y todavía se casará por tercera vez, en 1932, con Yelena Serguéievna Shilovskaia. Participa en la vida cultural, estrena obras, se hace amigo de Evgeni Zamiatin y Anna Ajmátova. En diciembre de 1927 abandona el MODPiK (la sociedad de escritores y compositores de Moscú) a causa de sus diferencias con Lunacharski, comisario del pueblo de Educación. En 1928, recorre el Cáucaso y visita Kiev y Odessa, donde cierra acuerdos para representar sus obras. En la Novela teatral (que terminó en 1937, aunque sitúa la acción a principios de los años veinte) incluye corrosivas críticas al ambiente profesional moscovita, tanto en el Teatro del Arte de Stanislavski, como en el viejo Teatro Mali de Ostrovski; igual que hace en El Maestro y Margarita, donde ridiculiza la “obsesión” de los escritores soviéticos con Peredélkino (su Perelíguino), la colonia literaria de dachas cercana a Moscú.

Aunque sus obras se representaron (Los días de los Turbin, pieza teatral que extrajo de su novela La guardia blanca, se llevó a los escenarios en centenares de ocasiones) tuvo también problemas con la censura revolucionaria, y soportaba mal las críticas adversas. También tuvo que soportar registros en su casa, algunos interrogatorios, y que el GPU le incautase manuscritos, aunque sin mayores consecuencias para él, a diferencia de otros escritores que vieron truncada su actividad y su vida por los excesos de la represión política. A finales de los años veinte, Bulgákov tenía ya escaso éxito, además de dificultades económicas, situación que le llevó a escribir una de sus célebres cartas a Stalin, donde solicitaba salir de la Unión Soviética, aunque en su posterior conversación con él, Bulgákov se desdijese, honrado porque el máximo dirigente soviético le llamase por teléfono. Stalin era un entusiasta de Los días de Turbin, que vio representada en muchas ocasiones. Para afrontar los problemas del escritor, Stalin lo remite al Teatro del Arte de Moscú (el MJAT de Kamergerskiy pereulok), que dirigió Stanislavski hasta 1928. Bulgákov trabajó para él, y también para el TRAM (el Teatro de la Juventud Obrera de la ulitsa Malaya Dmitrovka). Adapta, por ejemplo, el Quijote, que se estrenó en Moscú en 1939, y trabaja como libretista para el Teatro Bolshói. Bulgákov escribe nuevas obras, que se ensayan en los teatros, pero la respuesta de la crítica es fría, y acumula dificultades, algo que el escritor achaca a los periódicos y revistas. Tuvo una difícil relación con Stanislavski, e intentó colaborar con Dmitri Shostakóvich para escribir una ópera sobre Pushkin, en esos duros años anteriores a la Segunda Guerra Mundial en que tantos autores vieron sus vidas truncadas.

En julio de 1929 dirige esa misiva a Stalin, Kalinin, Gorki y Sviderski, pidiendo abandonar la URSS; lo que lleva a Sviderski a hablar con Bulgákov. Su relación con Stalin fue peculiar: ambos se respetaban y, de hecho, Bulgákov no culpaba a Stalin de sus problemas, sino que los centraba en los responsables teatrales y en la burocracia. En otra carta a Stalin, de marzo de 1930, Bulgákov, además de quejarse por las críticas adversas de la prensa, escribe que sus adversarios tienen razón cuando afirman que “las obras de Mijaíl Bulgákov no pueden existir en la Unión Soviética”, y añade: “Y tengo que declarar que la prensa soviética tiene absolutamente toda la razón.” En otro momento, afirma que “No hay libelos contra la revolución en la obra [hace referencia a La isla púrpura] por muchos motivos, de los cuales por falta de espacio tan sólo expondré uno: escribir un libelo contra la revolución es imposible debido a su extraordinaria grandeza.” Es valiente: critica la censura y defiende la libertad de prensa, al tiempo que se lamenta de que muchos lo califiquen de “guardia blanco”, pese a sus “grandes esfuerzos para situarse indiferente por encima de los rojos y de los blancos”, según sus propias palabras. Pide a Stalin que le dejen abandonar el país, y si ello no es posible “y estoy condenado a guardar silencio para siempre en la URSS, le pido al gobierno soviético que me dé un trabajo de mi especialidad y me encomiende un puesto de teatro en calidad de director de escena titular.” Aunque cierra con dramatismo su carta: “en este momento me encuentro abocado a la miseria, a la calle y a la muerte”, lo cierto es que Bulgákov no vivió nunca en la miseria porque contaba con los derechos que le proporcionaban Los días de los Turbín, que se representaba en el MJAT, y con los ingresos que obtenía por la versión teatral de la obra de Gógol Almas muertas. Tiene dificultades, sí, como buena parte de la población, que todavía no se ha recuperado completamente de la destrucción de los años de guerra.

En su conversación con Stalin, en abril de 1930, Bulgákov llega al acuerdo de integrarse en el Teatro del Arte de Moscú, donde pediría ocuparse en funciones de director asistente. Llega también a un acuerdo con el estudio de cine de Moscú Soyuzfilm para escribir un guión sobre las Almas muertas de Gógol. Consigue nuevas representaciones, se afana en la puesta en escena de Guerra y Paz de Tolstói, trabaja para Mezhrabpromfilm, estudio de cine de Moscú; supervisa el estreno de Almas muertas, se desvela en un libro sobre Molière, y sigue escribiendo El Maestro y Margarita. En mayo de 1934, presenta una solicitud para ingresar en la Unión de Escritores soviéticos que acaba de fundarse, petición resuelta afirmativamente con celeridad. Sin embargo, vuelve a quejarse a Stalin porque las autoridades no han aprobado un viaje al extranjero que proyectaba. Se ve con Pasternak, Ajmátova; tiene una disputa con Stanislavski por la obra sobre Molière. En septiembre de 1935 llega a un acuerdo con el Teatro Kharkiv (creado a partir de entidades de Kiev, Jarkov y Odessa, y ligado a la Unión ucraniana de Escritores proletarios) para representar la obra Aleksandr Pushkin, y acuerda con Prokofiev escribir una ópera sobre ella, aunque, finalmente, no llegó a hacerse. En octubre ayuda a Anna Ajmátova, cuyo marido ha sido detenido por la policía, a escribir una carta a Stalin que consigue su liberación inmediata. Unos meses después lee Aleksandr Pushkin a los responsables del Teatro Bolshói y a Shostakóvich, con quien planea escribir otra ópera. Estrena en 1936 Molière, aunque recibe algunas severas críticas, y empieza a escribir entonces un Curso de historia de la URSS destinado a un concurso público, aunque no llegaría a terminarlo, y, en junio, firma un contrato con el Bolshói para escribir el libreto de una ópera, Minin y Pozharski (por los dirigentes que expulsaron a los polacos de Moscú en 1612, hoy representados en un grupo escultórico en la Plaza Roja). Sigue colaborando con diferentes teatros, escribe nuevos libretos, sobre Pedro el Grande y sobre 1812; supervisa la puesta en escena del Quijote, y escribe de nuevo a Stalin para que el dramaturgo Nikolai Erdman pueda vivir en Moscú, propósito que no consigue, aunque Erdman (con quien le unía el gusto por lo extravagante, como con Sergei Tretiakov) será distinguido con el Premio Stalin en 1941.

Bulgákov murió en 1940, diez años después de su famosa conversación telefónica con Stalin, y fue enterrado en Novodévichi, junto a Chéjov. La mayoría de sus obras empezaron a publicarse en los años sesenta, gracias al esfuerzo de su esposa y al periodo abierto en 1955 con la rehabilitación de muchos autores que habían sido condenados durante la etapa estalinista, como Bábel, Meyerhold, Kirshon, Vesioli, Koltsov o el propio Bulgákov.

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Una novela sobre el diablo, eso era El maestro y Margarita, aunque se recuerde más su inclinación por la fantasía y su gusto por ridiculizar aspectos de la vida soviética de los años veinte y treinta del siglo pasado. No en vano, la primera versión de la obra llevaba el título de La novela del diablo, y, en su carta a Stalin, Bulgákov afirma: “Y yo personalmente, con mis propias manos, he arrojado al fuego el borrador de una novela sobre el diablo, el borrador de una comedia y el comienzo de una segunda novela: Teatro.” Para crear su inquietante Voland, Bulgákov estudió demonología, esa esotérica rama de la teología cristina que especula con los “ángeles caídos”. Moscú y Jerusalén se mezclan en su novela, en una fantasía disparatada, una sátira feroz, donde no falta la crítica mordaz a la vida cotidiana en Moscú, como en esas mujeres que se abalanzan en busca de ropa elegante en la función de magia negra que ofrece el diablo Voland en el teatro; donde no faltan el binomio de Newton, boinas que se convierten en gatos negros, cabezas que ruedan, vuelos sobre la ciudad, escenas bíblicas y dudas de procuradores romanos.

El profesor Voland, tal vez alemán, es el diablo, con su ayudante Fagotto y el gato Begemot, que entran en la vida de Berlioz, el jefe de Massolit, y de Ponirev, un joven poeta, en las páginas donde nos muestra el poder demoníaco; mientras Bulgákov va llenando las hojas de su novela de referencias ocultas, a la vida y a la música, a la literatura y a la existencia en Moscú, a las intrigas en los teatros; con autores que surgen de forma imprevista, desde Kant (¡a quien Ponirev quiere enviar a Solovkí!) a Berdiáev; con personajes de la época, y gestos y parodias que se ocultan a veces en páginas que imitan el estilo de otros autores o que toman prestados algunas características de sus personajes, y donde aparecen desde Hoffmann hasta Tolstói, de Pushkin a Cervantes, de Poncio Pilatos a La noche de Walpurgis. El diablo que se pasea por Moscú nos lleva al Maestro y a su amante Margarita al manicomio donde acaban Ponirev y ese oscuro escritor que ha quemado su novela sobre Poncio Pilatos; nos lleva al apartamento de Berlioz, ya decapitado por el tranvía, y donde el diablo se instala, en ese mismo apartamento de la Bolshaya Sadovaya ulitsa donde vivió Bulgákov y donde ahora sus seguidores escriben grafittis en las paredes de la escalera. Nos lleva a volar por el cielo de Moscú con Margarita y Natasha, nos enseña la vanidad y la mentira, la enfermedad de la burocracia y el ridículo de la vida moderna, como cuando se burla del jazz; nos enseña al vecino de Margarita, Nikolái Ivánovich, convertido en un cerdo volador, nos muestra la vida en un piso colectivo, la furia de Margarita destrozando el apartamento del crítico Latunski por haber causado la ruina del maestro; nos trae ataúdes que salen de las chimeneas, gibones y mandriles tocando los tambores, con un gorila dirigiendo la orquesta, a Margarita bañada en sangre en el gran baile de Satanás, a Voland con una espada de acero.

El Maestro escribe ese encuentro entre el Cristo (aunque lo llame Joshua Ga-Nozri) y Poncio Pilatos en uno de los muchos registros de la novela, escrita en diferentes estilos que se suceden de forma vertiginosa. Dicen que la primera versión de su novela El maestro y Margarita fue quemada por Bulgákov (como si fuera Gógol o el propio master de su novela, a quien le cuesta hacerlo porque “el papel escrito se resiste a arder”), en un ataque de rabia ante las malas noticias que llegaban sobre sus obras, y también por el suicidio de Maiakovski, aunque luego volvió a escribirla, como si recordase cada línea, cada párrafo. Escribió cuatro versiones, y estuvo trabajando en la última casi en el lecho de muerte, cuando ya estaba ciego. Yelena Serguéievna Shilovskaia, su tercera esposa, tuvo que decidir la disposición final de sus páginas, como si tuviera que elegir sus pasiones en el desorden del mundo, como Margarita ante la oferta del diablo para cumplir sus deseos.

Margarita, volando sobre el Arbat, convertida en una bruja, era esa Yelena Serguéievna Shilovskaia que mecanografió con paciencia el libro de su marido y dedicó después su vida a cuidar de su obra, y es muy probable que el Maestro fuese el mismo Bulgákov (aunque recuerde también a Gógol), ambos, escritores con problemas, que queman sus obras y son venerados por su amante y por su esposa, entre ecos del Fausto de Goethe. “Escucha el silencio”, le dice Margarita Nikoláievna al Maestro, dispuesta a sacrificarlo todo para vivir su amor, pidiéndole a Voland que los deje volver a vivir en el sótano de la callejuela del Arbat, porque el maestro ya no tiene más sueños, y odia su novela, aunque finalmente partan con el diablo, mientras, en un Moscú cuyos patios olían a hinojo, la muerte atrapaba a Mijaíl Bulgákov antes de que cumpliera cincuenta años y, en los Estanques del Patriarca, entre la ulitsa Malaya Bronnaya y el pereulok Ermoláievski, Iván Nikoláievich Ponirev recordaba la tarde en que, allí mismo, Mijaíl Alexándrovich Berlioz veía la luna rompiéndose en pedazos.

FUENTE: EL VIEJO TOPO

ENLACE: http://www.elviejotopo.com/articulo/bulgakov-diablo-moscu/

 

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