Deliciosa noche de entremeses en «La Rosa Roja» | Ariel Avilés Marín

El teatro, esta joya de la cultura capaz de crear y recrear cualquier lugar o época, una vez más, ha realizado el milagro de transportarnos a un ambiente creíble y que, además, es un socorrido recurso del autor para evadir la censura feroz de una de las más violentas e inhumanas dictaduras de la historia del mundo, la dictadura franquista en España. Alejandro Casona, dramaturgo brillante del S. XX, se reviste del ambiente y las formas del «Príncipe de las Letras Castellanas» para así, evadir la censura de la falange, que no se tentaba el corazón para reprimir, y aún violentar, a cualquiera que se atreviera a tener el más mínimo razonamiento que saliera de sus fanáticos lineamientos.

Alejandro Casona, en un derroche de recursos, reviste sus divertidos pasos de comedia, en los cuales lanza una crítica a diversos flagelos sociales de la dictadura, sin poner en riesgo su integridad y aún su vida, y para ello recurre nada más y nada menos, que a la nada fácil salida de transpolar las críticas de la más genuina actualidad, revistiéndolas de un regocijante ambiente y la jocosidad de los geniales entremeses de Cervantes. La certera adaptación de las comedias inicia desde los títulos: La Fablilla del Secreto bien Guardado y Justicia y Farsa del señor Comendador, las cuales proporcionaron a la certera dirección de Enrique Cascante el material apropiado para regalarnos una hermosa noche en la que nos sentimos naturalmente sentados en el patio de una venta, de esas que abundan en los campos españoles y que viven y reviven en la líneas inmortales de Cervantes.

Algo tan sencillo, como lo es el traspatio de una cantina, con los recursos que el grupo pone en su actuación, y los sencillos recursos de escenografía, logran la magia y nos dan una creíble versión desde el S. XVI, sin perder su genuina actualidad de S. XX y de la terrible realidad española bajo la bota franquista. El tiente moralista de los pasos de comedia se proyecta en mensajes claros, revestidos de ingenio en cada breve obra.

En El Secreto bien Guardado, Casona juega con la irracional reacción de la gente de no creer lo cierto, si lo es tan evidente, que parece tan fantástico, que se le niega toda posibilidad de veracidad. Juanelo es un labrador que, arando su tierra, se topa con un cofre lleno de una riqueza fabulosa que lleva a su casa, al empezar meditar, cae en cuenta que esta riqueza le ha de traer más angustias que alegrías. Está en sus cavilaciones, cuando llega su padre a quien confía lo que ha sucedido; el viejo le propone una solución: «¿Qué traigo aquí en el zurrón? Una liebre; y en mi red; una trucha. ¿Qué sucede si pongo la trucha en el zurrón y la liebre en la red?», los ojos de Juanelo se iluminan al comprender el mensaje. Llega a la casa Leonela, esposa de Juanelo, mujer cuya lengua es incapaz de guardar secreto alguno; Juanelo aplica con ello la idea de su padre y, aún más, le muestra el cofre y toca con asombro las monedas, cadenas, medallas, sortijas y mil y un maravillas del baúl. Leonela ayuda a la economía de la casa lavando ropa ajena; llegan las vecinas y comadres llevando cada una lo que Leonela ha de lavar; Leonela, sabiéndose ya rica, las trata con desprecio y les tira sus prendas a la calle, ante sus miradas atónitas; Leonela les cuenta la historia, les muestra la liebre en la red, la trucha en el zurrón y les describe las riquezas fabulosas del cofre. Las comadres se viran a ver burlonas y salen riéndose de la casa, calificando a Leonela de: «Una pobre desarbolada», en el interior de la vivienda, Juanelo y su padre lo ven todo y éste dice: «Grande tu sabiduría padre, nunca estuvo secreto mejor guardado». El reparto de la obra es de carácter superior; Juanelo es Santos Pisté, un actor que sabe lo que hace, su presencia en el escenario nos hizo evocar los tiempos de Oxolotán y las Bodas de Sangre de García Lorca bajo la inolvidable dirección de María Alicia Martínez; ver a Fernando Anaya en el papel del padre, nos hizo evocar los tiempo idos de Tinglado y las inolvidables puestas de entonces, sigue siendo un de primerísimo nivel; Alicia García en Leonela, no necesita presentación; Xpet es una carta de presentación que se pinta sola. Las comadres, las comadres llenan la escena con gracia y salero, son precisas en el tipo que les toca imprimir a cada uno de sus personajes, aplaudimos las actuaciones de la maestra Blanca Marín Ayala, Ingrid Olvera y Dayán González, con ellas, la obra queda redonda y todos bajo la acertada dirección de Enrique Cascante.

En Farsa y Justicia del comendador, Casona hace una crítica certera a los mandos intermedios de la administración pública de la dictadura, el cinismo de su proceder y la desfachatez de los beneficios que obtiene de la manera más burda y ramplona, cualquier semejanza con nuestro régimen ¡no es pura coincidencia! La acción inicia entre gozos y festejos del comendador y el secretario del disfrute de un buen vino, y los placeres corporales que una opípara comida trae a quien es sibarítico y hedonista, sus placenteras reflexiones son interrumpidas por la violenta entrada del ventero, quien viene huyendo de un grupo de hombres que le persiguen con furia; contrariado el corregidor hace pasar a todo el mundo y jura que hará justicia como corresponda en cada caso; va escuchando a cada uno en su turno y su queja y luego concede la palabra al ventero: «Para lo que tenga que decir en su descargo». Con desparpajo y una labia envidiable para mejores causas, con la ley y las sagradas escrituras en la mano, el comendador, va volteando el chirrión por el palito a cada uno de los quejosos y, además, aplica multas sanciones y costas a cada quejoso, como para que no les quede ganas de queja alguna más; el cazador, el peregrino y el sastre escuchan con asombro las razones del juzgador y terminan arrodillándose y pidiendo perdón al posadero, para no sufrir más esquilamaciones en su peculio modesto; ante lo sucedido a los otros tres, el leñador, que ha venido a quejarse de que el posadero le ha arrancado la cola a su burro, trata de escabullirse de la sala, pero es descubierto por el comendador que lo apremia para subir al estrado; al hacerlo, el hombre exclama: “Juro a vuestra merced por todos los santos del cielo, que mi burro nunca ha tenido cola, así ha vivido toda su vida, y así morirá cuando el Altísimo disponga de su vida”. Disfrutamos en este divertido paso de comedia de las actuaciones de Enrique Cascante, como el comendador, exacto y justo en su papel; Fernando Amaya nos regaló un secretario servil, petulante y rastrero, como el caso requería; el ventero, encarnado por Santos Pisté, tiene la dosis exacta de cinismo e inocencia combinadas que dan al personaje la dimensión exacta que requiere; Filiberto González nos trajo a escena un cazador creíble y justo que se equiparó con el genial peregrino de Compostela que encarnó Carlos González, doliente y quejumbroso; Sergio Novelo encarna un sastre parsimonioso, equilibrado y objetivo que el caso pide; y el escabullidizo leñador, no pudo encontrar mejor intérprete que Waldo Vega. Nuevamente la certera dirección de Cascante se dejó sentir en lo bien logrado de la puesta.

Hay detalles muy buenos que hay que destacar, como el preludio que pone el sereno Waldo Vega, que nos regala con los versos de El Jugalrón de León Felipe, y el intermedio poético con Serrat por Enrique Cascante y Waldo Vega, con La Fiesta y Mediterráneo, respectivamente.

Después del teatro, la noche bohemia se prolongó con una amena sesión de acordeón que nos obsequió certeramente Luis Jorge Novelo.

La familia Zentella está brindando en La Rosa Roja un agradable espacio para la cultura local. Un gran aplauso para ellos. ¡Queremos más noches de arte en La Rosa Roja!

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