Fidel, en la intimidad | Beatriz Pagés

Sí, entrevisté a Fidel Castro en 1991. El líder de la revolución socialista más importante de América Latina tenía 65 años de edad y se había vuelto a “amarrar” las agujetas de sus botas guerrilleras para enfrentar la disolución de su principal aliado: la Unión Soviética.

Lo busqué para saber cuál iba a ser el futuro de Cuba y  del gobierno castrista ante lo que ya era una doble adversidad para la isla: el endurecimiento del bloqueo comercial por parte de Estados Unidos y el hundimiento del régimen que había permitido la sobrevivencia económica de Cuba y su revolución.

Lo entrevisté, también, para saber a qué se iba a enfrentar México ante la inminente firma del Tratado de Libre Comercio.

Fidel fue, sin duda, uno de los estadistas más destacados de la era moderna. Tenía plena conciencia —como Churchill o De Gaulle— de su inteligencia, capacidad intelectual y liderazgo político.

Y como todo caudillo, tejía todos los días su propia leyenda. Así que me citó en La Habana sin decirme el cuándo  y el dónde se haría la entrevista. Su equipo de seguridad e inteligencia, uno de los más eficaces del planeta, se limitaba a decirme que el encuentro podría ser lo mismo en la sierra que en un barco o en el Palacio de la Revolución.

Sé que es difícil  —para quienes odian a Fidel, por la razón que sea— aceptar que se trataba de una personalidad atrayente y profundamente enigmática. Para bien o para mal, lo que irradiaba era poder.

Tenía calculado el significado y el impacto de cada ademán que hacía y de cada palabra que pronunciaba. Después de espetar una de sus tantas sentencias como “¡Cuba jamás se rendirá!”, clavaba la mirada en el techo y guardaba silencio para dejar que la frase surtiera efecto.

Me primer encuentro con él fue en sus oficinas del Palacio de la Revolución. Entró por mí a una pequeña sala de espera y me ordenó: “¡Vente, vamos a trabajar!”

Él, vestido de militar, daba largas zancadas para recorrer el pasillo  que conducía a su despacho. Mientras, me preguntaba por Fernando Gutiérrez Barrios, en ese entonces secretario de Gobernación. Ese hombre, que perecía no tener sentimientos, le guardaba una profunda gratitud al veracruzano por haberlo liberado cuando estuvo en México.

Sin Fernando, decía, ni el Che, ni yo, hubiéramos podido llegar a tiempo a Cuba para encabezar la revolución.

Fidel habló ante la grabadora durante siete horas. “Voy a tener  piedad de ti, me dijo, porque le acabo de dar al periodista italiano Gianni Mina una entrevista que duró veinte horas seguidas”.

La última pregunta que le hice fue: ¿Cómo piensa pasar a la historia después de su muerte? Su primera respuesta fue el silencio. Un silencio más largo que otros. “No he pensado en eso”, me contestó.

Me quedó la impresión de que ya no se pensaba como ser humano, sino como leyenda. Dimos por terminada la entrevista y me pidió visitar un campo de platanares. “Necesito que veas lo que estamos haciendo en agricultura”.

Al día siguiente, el historiador y director de publicaciones del gobierno cubano, Pedro Álvarez Tabío, me llevó a una de las plantaciones. Aquello era como un tablero de ajedrez. Cada surco, cada planta colocada a una distancia simétrica, era regada por inyección a goteo.

Pedro arrancó una penca de plátano todavía verde y me dijo: “¡Te voy a enseñar a hacer tostones!” Mientras preparaba en la cocina de la casa de protocolo plátanos fritos con sal, entró uno de los guardias de seguridad para anunciar: “¡Acaba de llegar el Comandante!”

Fidel bajó de su automóvil color negro y una vez de pie, inmóvil,  esperó a que un ayudante le acomodara a ritmo marcial los pantalones sobre las botas.

“Vine a comer son ustedes”. El presidente de Cuba nunca comía o bebía, por razones de seguridad, lo que otros le ofrecían. Sus guardias colocaron en el piso del comedor una caja que contenía lo que Fidel acostumbraba consumir.

De cualquier forma no comió. Hizo lo que más le gustaba: hablar de cine, libros, pero sobre todo de historia. Dijo que sus películas preferidas eran las de guerra. Pero aclaró: “Prefiero hacer yo mismo la guerra… a verla”.

Nos refirió su amistad con Gabriel García Márquez y su admiración por el escritor Alejo Carpentier. Hizo un recorrido por lo mejor de la narrativa latinoamericana. Neruda, Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Paz. Castro fue, sin duda, un gran lector.

Su personalidad, vida y obra política tiene tantas facetas como un prisma.

¿Fue un dictador? ¿Un represor? ¿Un libertador?

Quizá… todo a la vez.

La Historia ni lo absolverá, ni lo condenará. Simplemente hará lo que tenga que hacer.

FUENTE: REVISTA SIEMPRE!

ENLACE: http://www.siempre.com.mx/2016/12/fidel-en-la-intimidad/

 

«DIARIO ARTE Y CULTURA EN REBELDÍA NO LUCRA CON LA INFORMACIÓN, COMPARTE LO QUE OTROS QUIEREN OCULTAR»

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s