Nativo de una patria imaginada: de los estereotipos y “dialectos yucatecos” | Gilberto Avilez Tax

El historiador meridano, Emiliano Canto Mayén, contemporáneo mío aunque con temas opuestos a mis obsesiones historiográficas y hasta literarias (¡y qué bueno!), es el autor de un artículo para La Jornada Maya,[1] en donde hace gala y ostentación de ese “humor de los yucatanenses”, que por cubrirse de un “matiz tan terso”, a veces es desapercibido por la supuesta argucia  de los del centro del país, propiamente, de ese mar de “huaches” que comienza pasando Halachó.  El texto de Canto Mayén es de esos que se digieren con gusto, con admiración y gratitud.

Merida, Amer, Sep, no, 66, (Dresse par Ph, Vandermaelen, lithographie par H, Ode, Quatrieme partie, — Amer, sept, Bruxelles, 1827
Merida, Amer, Sep, no, 66, (Dresse par Ph, Vandermaelen, lithographie par H, Ode, Quatrieme partie, — Amer, sept, Bruxelles, 1827

Canto Mayén hace una relación equilibrada y exacta de los prejuicios y estereotipos que los “huaches” de la capital dejan relucir cuando se  enfrentan con “el golpe de voz de nuestros acentos” yucatecos. La cita precisa del poeta Fernando Espejo, le sirve a Canto Mayén para indicarnos la cuasi orfandad del yucateco cuando “se halla sumergido en el inclemente mar de huaches de la capital”, sintiéndose “cual prisionero tlaxcalteca delante del sacerdote de Huitzilopochtli, con el pedernal en manos”.

La ignorancia supina y provinciana de algunos capitalinos, desconocedores de las costumbres, situaciones y complejidades del abigarrado y variopinto mundo de la Península, impelen a los huaches a formularnos preguntas, sostiene Canto Mayén, como la de si sabemos maya, o si preparamos una buena cochinita, o por qué no recitamos una bomba con todo y pólvora y hasta baile de la cabeza de cochino incluido. La impertinencia llega hasta el punto de que “nos improvisamos como cocineros para dar gusto a los huaches”: a Canto Mayén le han pedido que guise una cochinita, pero a otros, me cuentan, le han exigido hasta que guisen relleno negro como acostumbran los bárbaros de Xcalacoop: enterrada, a 6 metros de la superficie.

Los estereotipos y las ideas pre-hechas deforman y caricaturizan la identidad históricamente determinada de un pueblo. Hoy, las nuevas generaciones de yucatecos –de Mérida, aunque igual de villas y ciudades al interior del estado-, se enfrentan al “peligro” no sólo de la desaparición de algunas costumbres que sus padres o abuelos practicaban (por ejemplo, yo nunca me he puesto las alpargatas finas y el sombrero de fieltro heredado de mi abuelo), sino al peligro de la desaparición del uayeísmo, o del español que se habla en Yucatán, tan característico en otros tiempos en que la Península se remecía sola, como una ínsula perdida en un naufragio en el golfo; español yucateco tan trufado de voces, substratos, adstratos, vocablos, barbarismos y mayismos de una lengua indígena en repliegue franco en estos tiempos de salvaje globalización y turismo regional si hablamos de los procesos de desindianización y multiculturalismo en la zona norte de Quintana Roo. Una lengua (me niego a decirle “dialecto yucateco” al español que se haba en Yucatán), ya lo dijo el citado poeta Fernando Espejo, con una “infinidad de términos olorosos a brea y a mar”.

Jim Michnowicz, lingüista de la Universidad de Carolina, arguye que la desaparición en marcha del “dialecto yucateco”, es decir, del español que hablamos en Yucatán (con variantes en la región del Hondo, Chetumal, Bacalar, la Vía Corta[2]), se debe a causas multifactoriales: “influye la migración masiva de personas de otros estados, el avance de nuevas tecnologías para comunicarse y mayor acceso a la educación, entre otras causas”.[3] Michnowickz no apunta el desequilibrio producido, en el léxico cotidiano, por el turismo en regiones globales de la Península como la zona norte de Quintana Roo, empezando por Tulum. Michnowickz aboga por la revalorización del español yucateco en el sistema educativo regional, pues este más que hablar “aporreado” está signado y se refiere directo a la historia regional de la Península. Por su parte, para el ameritado lingüista meridano Enrique Martín Briceño, ante el peligro de desaparición que se cierne sobre esta tan poética manera de hablar de los yucatecos, es de la idea de que no queda de otra que “realizar grabaciones del habla regional que puedan servir a estudiosos del presente y el futuro”, así como fomentar este “dialecto regional” en medios masivos, incluirlo en temas de estudio en las escuelas, o “crear conciencia entre los prestadores de servicios turísticos sobre su valor…, y, con orgullo, seguir hablando como siempre lo hemos hecho”.[4]

A mi modo de ver, tanto las ideas de Michnowickz, como la de Martín Briceño, de revalorización y estudio de la lengua yucateca, son interesantes y se aplauden mientras no pretendan el inmovilismo lingüístico. Yo aprendí innumerables palabras de nuestra habla característica, leyendo a autores que Martín Briceño señala: desde Suárez Molina, Jesús Amaro Gamboa, Miguel Güémez Pineda, o el trabajo que se puede consultar en línea, del maestro Fernando Espejo Méndez.[5] Considero que estos vocablos, para alguien que trabaja con el lenguaje, están bien ahí, consignados en letras de molde como se consignan en un magnífico apartado de uno de los seis tomos de laEnciclopedia Yucatán en el Tiempo. El que quiera, lo puede consultar. Contrario a Michnowickz y Martín Briceño, considero que esta lengua yucateca al final se convertirá en una lengua de hombres de letras y que frecuentarán los historiadores del futuro, pero no veo, en el horizonte cercano, un peligro de desaparición temprana que señalan estos autores mientras exista esa fiereza del maya yucateco incrustado en los pueblos bilingües de la Península. De  ahí que perseguir, o fomentar una cultura regional desde los órganos estatales como la escuela, lo veo pasable aunque no la considero necesaria. Fomentar las tradiciones regionales, de acuerdo, pero igual lucharía por defender la crítica de todas ellas. Grabar a los viejos con el acento “aporreado”, por supuesto, pero estas acciones pueden devenir en una especie de valorización para-nacionalista o filias chauvinistas si se realizan con un espíritu de colectivización de las costumbres desde el poder estatal. No desde los órganos estatales, sino desde las cadencias y oscilaciones de la historia y la libertad creadora de las generaciones actuales y futuras, es como se hacen las identidades precarias y se ramifican y modifican los símbolos que hoy unifican, aunque mañana puedan dividir.

Yo no tengo ninguna preocupación por el peligro que corra la lengua o el “dialecto yucateco” del español. Tampoco me interesa fomentar o aplaudir a los defensores de la lengua maya, ni estatuirla a ésta como lengua oficial con sus académicos de toga y birrete, al igual que la lengua española. De hecho, pugnando por el mayor radicalismo libertario lexical, no estoy tampoco de acuerdo de que el español sea la lengua oficial del país. Habiendo tantas lenguas indígenas y con el predominio del inglés, para mí que, lengua o dialecto que se dé a respetar, se defiende sola o simplemente se acaba.

500 años y más ha transcurrido la lengua maya, acorralada por el dominio colonial y neocolonial, y resulta hasta patético entender los discursos alrevesados de “mayas profesionales” (los que sobreactúan la mayanidad) y con fuerte olor de fundamentalistas “newageanos”, instituidos como “activistas” defensores de la lengua maya, que creen que el mundo es su milpita y todo cabe en su morral y el horizonte universal se ve desde su albarrada aldeana, aunque sacan buen provecho del discurso multicultural de occidente, gringos y salvajes europeos, ansiosos y salivosos de oír y escuchar a los chilames del último baktún. Lo étnico vende, y vende muy bien a los gringos y salvajes europeos, encoñados de tanto oír la simpleza y la “sabiduría” de la otredad salvaje.

Estos mayas profesionales, generalmente desembocan en un racismo al revés: fomentando una cultura que pretenden única para la Península, la maya, la mitologizan, o, en su caso, deforman o idealizan, deviniendo sus actuaciones en una trampa histórica donde se hace patente su desconocimiento de los procesos históricos de la sociedad peninsular al día siguiente del contacto indo-europeo. Hoy, Yucatán y México, a pesar de estos mayas profesionales newageanos, es maya e indígena, por supuesto, pero igual forma parte del legado milenario occidental. Como dijo Octavio Paz y Marcello Carmagnani, somos “el otro occidente”, un occidente extremo desde los procesos de conquista y colonización a partir de fines del siglo XV, pero, sobre todo, del axial siglo XVI.[6] También yo me identifico con Roma, con Atenas, con Florencia, con Nueva York, París y Praga, sin excluir la grandeza civilizatoria de Chichén o Mayapán.

Es decir, las costumbres, todas las costumbres, como reconozco desde que me di a la tarea de discutir y hacer la sociología de un pueblo salvaje al sur de Yucatán, no son universales y, las más de las veces, tampoco son las mejores costumbres que me interesa seguir. En ese pueblo salvaje al sur de Yucatán, los bailes se hacían en “canchitas” de baloncesto, y había una clara distinción “étnica” en las costumbres de sus habitantes: bailaban juntos pero no revueltos. En ese pueblo salvaje, había un racismo supino que envolvía la cotidianidad, mismo que comprobé en una tesis doctoral: venía desde antes de la guerra de castas, y la hegemonía ladina nulificó las propuestas populares que se presentaron a partir de los procesos políticos y sociales por los que transcurrió Yucatán desde 1909 hasta 1940.

Desaprender lo aprendido es difícil. Se necesita tiempo, esfuerzo, educación universal, autodidactismo, capacidad de burla a los usos y costumbres locales, enemistarte con Bernardo Caamal Itzá y sus creencias idólatras, dos o tres genes de viajante y de descastado profesional, enamorarte de mujeres fuera del radio ejidal o de la parcela que te dieron, vivir en Chetumal y tomar agua de curvato, regresar como si hubieras perdido el paraíso y no quisieras perderlo de nuevo, comprobar que, como decía el Eclesiastés, nada hay nuevo bajo el sol salvo otros cielos y otras miradas que no deseas perder cuando al fin la encontraste.

Como Canto Mayén, yo no sé recitar bombas y aprendí a guisar la cochinita viendo el YouTube. No, yo no sé ni un cuarto de maya aunque puedo decirte pelaná si me preguntas el porqué de mi ignorancia. Y prefiero la trova cubana a la melcocha del bolero y la trova yucateca. Y he aprendido que el Hondo es la metáfora del desarraigo peninsular, y he sabido a querer la lejanía y la presencia de la lejanía en una noche de mayo en Bacalar. Los estereotipos, como dijo Canto Mayén, “son prejuicios y el lugar en que a uno le tocó nacer es una determinante más, no la única, de las múltiples que conforman su personalidad”. Y, desde luego, la libertad individual “debe ser respetada en todo, desde el amanecer hasta el cenit, desde la cama hasta la mesa, y así como a alguien le gusta el color rojo y a otro el verde, reivindicar sus orígenes es una elección tan respetable como abrirse a otras culturas tan solo por ligereza o pasatiempo”.[7]

Yo no hablo con bombas, no sé preparar cochinita, no veo como un pecado el no hablar la lengua de Bernardo Caamal Itzá, y aunque soy regionalista, pienso que la península es un accidente geográfico y el chauvinismo o localismo más acendrado, como dijo alguien, es una enfermedad que se quita viajando.

Y en los últimos tiempos, me siento más bacalarense por ahora. Aunque, si me preguntas, diré que soy nativo de una patria imaginada, recorrida y sentida únicamente en mi memoria, o las memorias de las personas que me recuerdan.

[1] “Cochinita pibil en lata: Estereotipos yucatecos en Tenochtitlán”, por Emiliano Canto Mayén. La Jornada Maya, viernes 22 de julio de 2016.

[2] Para el estudio del habla de Chetumal, véase el texto de Raúl Arístides Pérez Aguilar: El habla de Chetumal. Fonética, gramática, léxico indígena y chiclero. México, UQROO-FONCA-Instituto Quintanarroense de Cultura, 2002.

[3] “El español que se habla en Yucatán tiende a desaparecer: Michnowicz”, por Óscar Rodríguez, en La Jornada Maya, miércoles 22 de junio de 2016, enhttps://www.lajornadamaya.mx/2016-06-22/Jovenes-estan-dejando-de-usar-dialecto

[4] “Hablar aporreado”. Enrique Martín Briceño, La Jornada Maya, 14 de agosto de 2015. Enhttps://www.lajornadamaya.mx/2015-09-13/Hablar-aporreado

[5] “El Habla del Yucateco”, por Fernando Espejo Méndez, enhttp://www.merida.gob.mx/historia/habla.html

[6] Marcello Carmagnani, El otro occidente. América Latina desde la invasión europea hasta la globalización, Fondo de Cultura Económica, Fideicomiso Historia de las Américas, Serie Ensayos, México, 2004.

[7] “Cochinita pibil en lata: Estereotipos yucatecos en Tenochtitlán…”

 

Las declaraciones y opiniones expresadas en este ensayo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista del Diario Arte y Cultura en Rebeldía; en este espacio, ejercemos la Libre Expresión.

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