La biblioteca yucateca de escritores desaparecidos | Gilberto Avilez Tax

Hace unos días, por medio del Facebook, un colega historiador meridano subió a su muro un artículo de La Jornada Maya donde me enteré que el gobierno yucateco donó la biblioteca que en vida le perteneciera al doctor don Manuel Sarkisyanz, historiador alemán de origen azerbayano que escribió una erudita biografía de Felipe Carrillo Puerto. La biblioteca constaba de 6,000 volúmenes con temas de historia, antropología, etnología, arte, filosofía, y todo lo que tenga que ver con las humanidades. Tanto entre el gobierno yucateco y los representantes del zar Putin, se llegó al consenso que esta donación refuerza los lazos de amistad entre el pueblo mexicano y el ruso.[1] De inmediato, supe que el lábil razonamiento para deshacerse de esa biblioteca, estriba en que buena parte del acervo que llegó a juntar don Manuel se encuentra escrito en lenguas eslavas, en alemán y otras lejanías idiomáticas como el azerí, azerbaiyano, o turco azerbaiyano, que al parecer era la lengua originaria de don Manuel. Pero Sarkisyanz no solamente hablaba esas lenguas, basta con decir que su libro biográfico sobre Felipe Carrillo Puerto, mucha de su biografía se encuentra en español.

Biblioteca "Manuel Cepeda Peraza", Centro Histórico de Mérida | Foto: SIPSE

Biblioteca “Manuel Cepeda Peraza”, Centro Histórico de Mérida | Foto: SIPSE

Al comentar la nota de marras, el historiador meridano, enfático, señaló estar:

[…] de acuerdo con que se haya respetado la voluntad de don Manuel, pero se trataba de entregar su acervo a una institución pública. ¿No le interesó a ninguna de las que existen en Yucatán? ¿Se realizó una consulta entre los académicos? ¿La embajada tiene interés en conservar 6 mil libros? Y si como dice la nota, al embajador se le entregó un paquete de primeras ediciones, ¿nadie las revisó ni se contrastó con los inventarios de las bibliotecas de Yucatán?

Otros más lamentaron lo que sin duda fue una especie de sustracción del acervo cultural yucateco. No es nada reciente esto de las sustracciones y saqueos culturales que Yucatán ha tenido a lo largo de casi medio milenio: desde las quemas hechas por el bipolar fray Diego de Landa,[2] pasando por los viajeros y protoarqueólogos del siglo XIX como el criminal Edward Herbert Thompson y su draga maldita empotrada en el cenote sagrado de Chichén Itzá, hasta las facilidades que indistintos gobiernos yucatecos e intelectuales extranjerizantes meridanos, han hecho a rubicundos del norte y europeos degradantes. La más reciente prueba del saqueo hormiga, es el que realizó, en el antiguo CAIHY,[3] el franchute Michel Antochiw.

Este preámbulo responde a una hipótesis -para nada peregrina y que siempre he traído en mentes al contemplar mi frágil biblioteca personal y leer noticias como que la Universidad de Austin es poseedora ya del archivo y biblioteca que perteneció al fabulador de Aracataca- que estriba en responder a dónde van a parar las bibliotecas de los escritores fallecidos. Como no teniendo ninguno de los escritores yucatecos la grandeza e inventiva del gran García Márquez como para que una universidad gringa, vaya, ni siquiera las universidades locales, se interesen por sus archivos personales al momento de fallecer, generalmente las bibliotecas personales de los escribidores de nuestras lajas, sus deudos, ignorantes supinos y bovinos, hastiados del polvo que producen tantos libracos incomprensibles para sus neófitas mentes ágrafas de contumaces no lectores, no tienen otra gran idea que irlos a vender por kilos con el turco Jorge Abraham Aguiar, un fumador empedernido que tiene su tienda de artículos usados, que paga en efectivo e inmediato, y que se encuentra en la calle 65 entre 62 y 64 del centro meridano, y a la cual acudía siempre al llamado telefónico del turco, cada vez que este me decía, con su voz ronca y congestionada de flemas, “con la novedad de que hoy ha muerto otro historiador, un poeta y un escribano maldito, o malito, y me han traído lotes de sus libros, tal vez te interese”. Ahí acudía yo, feliz al llamado del turco, y fumando igual de empedernido que él, para calmar las ansias de saber qué joya bibliográfica me venderá al precio de nada ese pinche turco.

Para contrarrestar este desmembramiento de las bibliotecas de los escritores fallecidos –como los acervos sobre Carrillo Puerto que recopiló en vida el fallecido Guillermo Sandoval Viramontes, o la biblioteca de Sarkisyanz- se me ha ocurrido la idea de que en Yucatán se podría crear otro nuevo recinto bibliotecario, en Mérida o en una ciudad cercana, algo como la Biblioteca Yucateca de Escritores Desaparecidos. Me explico.

Actualmente, en el caso específico de Yucatán, no se cuenta con una política cultural pública para que los órganos culturales del Estado se hagan cargo de las bibliotecas personales de los escritores que deseen que sus archivos y bibliotecas queden a disposición del público posterior a su fallecimiento, sorteando las fauces comerciales y judaicas del turco referido. Y eso es una carencia crasa que contraviene el antecedente de cómo fue fundada la biblioteca Crescencio Carrillo y Ancona, cuyo acervo original (que luego se fue ampliando con adquisiciones, compras y donaciones de libros exclusivos de Yucatán), que forma parte de la Biblioteca Yucatanense, se compuso con libros del Obispo izamaleño, con los del poeta Antonio Mediz Bolio, con los libros de la familia Peón Bolio, de Clemente López Trujillo y un número considerable que perteneció a la biblioteca de Carlos R. Menéndez. Preguntándole a un conocedor de las políticas culturales y de temas de bibliotecología en Yucatán, este me señaló que, contrario a un proyecto como el de La Ciudadela: la ciudad de los libros, que se encuentra en la Biblioteca Nacional José Vasconcelos de la Ciudad de México, y donde se alberga desde 2012 “las bibliotecas personales de escritores e intelectuales” mexicanos fallecidos en años recientes, como la biblioteca de Carlos Monsiváis, la inmensa biblioteca que poseyera José Luis Martínez, o de Alí Chumacero, entre otros;[4] en Yucatán no existe una política para reunir las bibliotecas de escritores, intelectuales, artistas e historiadores fallecidos recientemente, ya sea a través de sus órganos culturales o de la UADY: las donaciones que se han hecho a la UADY,  a iniciativa de los donantes, no se trata  ni de lejos de una política pública en forma como la que se encuentra en La Ciudadela.

Sería magnífico que las bibliotecas y archivos con manuscritos originales, o las primeras galeradas, o los libros que leyeron, apuntaron, subrayaron y anotaron los escritores yucatecos que han muerto en años recientes, o morirán -irremediablemente moriremos todos-, se encuentren, posterior del fallecimiento de sus dueños, en un recinto como el de la Ciudadela de la Ciudad de México. Y se me ocurren tantas bellas casonas del centro de Mérida bien aireadas y con luz suficiente, que podrían albergar la Biblioteca del Escritor Yucateco, o la Biblioteca Yucateca de Autores yucatecos Desaparecidos (el título me falla). La cláusula de esta biblioteca, tal vez estribaría en que debe dejar de ser clasista y elitista, y dar cabida no solamente a los libros que pertenecieron a las bibliotecas personales de escritores considerados de la “Alta cultura”, o a escritores cercanos al oficialismo, sino abrir sus puertas a un sinfín de escritores comunitarios, pueblerinos, etc., y escritores críticos de todo, hasta de ellos mismo. Desde luego, habría un proceso de selección de libros para no repetir, buscando siempre la riqueza, la extrañeza, y no omitiendo los ex libris.

Joaquín Bestard cuenta con 81 años, y es dueño, al parecer, de una biblioteca que todos desearíamos consultar. Roldán Peniche Barrera cuenta con más de 75, y su escritura se ha nutrido de periódicos, revistas y libros y más libros que perteneció a su padre Leopoldo Peniche Vallado, y que don Roldán ha agrandado. No sabemos hasta ahora dónde acabaron los libros de las bibliotecas de Antonio Betancourt, de Fidelio Quintal Martín o de Luis Ramírez Aznar. Seguramente que a resguardo familiar, pero, ¿hasta cuándo? Y ahí se acercan historiadores maduros como Pedro Bracamonte y Sosa o Sergio Quezada. Seguramente sus bibliotecas serán donadas a las universidades y centros de investigación donde actualmente laboran. Ojalá.

Colofón. Los libros de don Manuel Sarkisyanz.

La idea de la cual se valen los defensores del gobierno y los que rechazaron siquiera ver qué contaba la biblioteca de don Manuel, es que nadie puede leer su biblioteca porque las lenguas que dominaba no eran las típicas del francés y el inglés. El alemán espantó a un conocido historiador del rumbo de la Mejorada, pero el azerbaiyano o el ruso, nadie lo lee. Creo que está mejor con los rusos, pues en Mérida todavía seguimos siendo medio salvajes y conformistas con lo que sabemos y dominamos. Pero, ¿por qué no se hizo una selección de la biblioteca de don Manuel, en realidad se hizo una selección de los libros que podrían servir para las futuras investigaciones históricas en Yucatán? Es triste todo esto, él, que le dedicó sus últimos años a la historia social y política de uno de los periodos más emocionantes de la historia nuestra. Ni homenajes tuvo el día de su muerte, nadie supo cuando murió. Antes de morir, don Manuel se acercó al CIESAS Peninsular para ver si su biblioteca personal tendría cabida. Ahora sabemos que su donación fue rechazada. Mal fario para la historia del siglo XX.

[1] Gobierno de Yucatán dona biblioteca del doctor Manuel Sarkisyanz a embajada rusa, La Jornada Maya, 5 de febrero de 2016.

[2] Bipolar porque  quemó buena parte del pasado indígena de la península, y porque sin su Relación de las cosas de Yucatán no habrían estudios mayas como lo que hay ahora, no habría desciframiento de la escritura maya,  y tal vez tendríamos una pobreza en cuanto al conocimiento del mundo prehispánico en la península.

[3] Centro de Apoyo a la Investigación Histórica de Yucatán, antecedente directo de la actual Biblioteca Yucatanense.

[4] “Bibliotecas de intelectuales se unifican en 2012”

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