“Nemesio”, la triste anécdota mal tratada de Miguel II Hernández Madero | Armando Pacheco

El escritor y periodista Armando Pacheco | Foto: Chambrit@s

El escritor y periodista Armando Pacheco | Foto: Chambrit@s

Dijo el gran escritor irlandés Oscar Wilde sobre los libros: “No hay libros morales ni inmorales. Los libros están bien escritos o mal escritos. Simplemente”; comparto la máxima que publicara el autor en el prefacio de El Retrato de Dorian Gray en 1890, y esto viene a propósito porque luego de algunos meses, me he propuesto a relatar mi experiencia sobre una novela breve de un autor que siempre anda criticando a las nuevas corrientes literarias y a sus expositores; me refiero a Miguel II Hernández Madero y a su texto Nemesio, que ganara —merecidamente o no— el Premio “Juan Rulfo” a primera novela convocado por el Instituto Nacional de Bellas Artes en 2002.

Nemesio, es la triste anécdota mal tratada por el autor sobre un clérigo que está viviendo sus últimos días y añora el pueblo origen de su primera parroquia. De tal forma, la historia inicia cuando Nemesio, sacerdote, sin características especiales, acompañado de Valentín, su ayudante, se topa con un paraje vestido por un monte; tras encontrar un camino llega a un poblado, abandonado tiempo atrás, de nombre Santa Esperanza. Entonces, el religioso se lamenta al ver las tumbas de todos los que fueran sus feligreses y por la culpa de no haber cumplido una promesa hecha; vislumbra, asimismo, su propia tumba. Valentín es quien se convierte en el personaje oyente de una historia contada por un narrador testigo. A lo largo de las páginas, van surgiendo nuevos personajes y anécdotas y es Benigno, la ley de pueblo cuando Nemesio llegó a su primera parroquia. Copiando la película El padrecito, protagonizada por el “Mimo de México”, Mario Moreno “Cantinflas”, el sacerdote no es bienvenido al principio, pero al final todo el pueblo lo “adora”; no obstante, se le ofrece una oportunidad esperada y abandona a sus seguidores. Es su amigo Edesio (otro sacerdote) quien le cuenta la tragedia que acabó con la vida de los habitantes de Santa Esperanza; al mismo tiempo, le recrimina haberlos dejado. El final, totalmente esperado y sin sorpresas, llega cuando Nemesio fallece y entonces, el autor reúne al sacerdote con sus fantasmas del pasado.

Lo lamentable de este trabajo no es, en mi opinión, la anécdota o historia, sino el tratamiento literario que se le da; así, tenemos que se notan absurdos diálogos que ni le dan ligereza al texto ni aporta nada sustancial a la narración. Cito:

“-Valentín, por favor retrocede y toma el camino que acabamos de pasar […]/-¿Cuál camino?/-Retrocede un poco y lo verás, ya casi está tapado por el monte…”

“-Padre, deseo hablar contigo/-si deseas confesarte, adelante hija, pasa/-¿Confesarme? ¿Qué es eso?/-Que me digas tus pecados y yo te impondré una penitencia para absolverte/-¿Qué es un pecado?

De igual forma, existe, en ocasiones, intromisión de autor:

“En México post revolucionario no distaba mucho del porfiriato, al menos en esa parte de la Península de Yucatán donde la gente se había mantenido al margen de todo, ’hasta de la mano de Dios’, como decían algunos sacerdotes del Oriente de Yucatán”

Y para rematar, frases totalmente rosas o cursis, moralistas y muchos lugares comunes como:

“…ya quedó todo muy bonito…”

“La pobre niña…”

“El canto de los gallos…”

“No te avergüences de tus recuerdos y no olvides a aquellos que te amaron. El cariño de la gente es la verdadera riqueza que acompaña a un hombre al final de su camino.”

Si bien Nemesio es una novela que pudiera leerse de una sola sentada, también podría ser abandonada en cualquier momento para nunca más retomarla, esto, dependiendo de la experiencia lectora del interesado. En mi calidad de lector, la he abordado a sabiendas que hay mejores obras que leer de autores yucatecos.

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